El ruido y la furia

El retrato

31.07.2015 | 05:00

Hacerse retratar fue siempre un capricho de reyes y de la nobleza, de próceres (¡Dios, cómo me gusta esa palabra, su forma de agrandar hasta explotar mientras se pronuncia!), de esa gente que se ve tan significativa (tal vez lo sea, después de todo) como para que su cara y su figura queden plasmadas en un lienzo y que las generaciones futuras tengan el placer de echarles un vistazo. Cuando uno se hace retratar está confirmando que cree en la inmortalidad, al menos en la suya propia, y además está tan convencido de ser tan importante que se siente en la obligación de dejar memoria de sí mismo a quienes vengan después.

Para estos menesteres se ha recurrido siempre a un artista solvente y al final, acaso por aquello de la justicia poética, nos ha acabado interesando más la obra que el careto, y acudimos a los museos a ver un retrato pintado por Velázquez o por Rubens precisamente porque lo pintaron ellos, no por el personaje reflejado, que nos interesa muchísimo menos o simplemente no nos interesa nada en absoluto.

De modo que los más de ochenta y dos mil euros pagados con dinero público para que el retrato de José Bono luzca en las paredes del Congreso (aunque se haya colgado solapadamente, sin convocar a la prensa, a hurtadillas) quizás debamos tomarlo como una inversión de futuro, como una adquisición de patrimonio. Tal vez dentro de doscientos años alguien irá al Congreso o al museo donde vaya a parar el cuadro para ver una obra en blanco y negro de Bernardo Torrens, pero con una nula curiosidad sobre quién fue el personaje que aparece en el lienzo, alguien que, dicho sea de paso, tampoco ha sido determinante en la historia de España por más que él se empeñe con sus jotas a destiempo.
Y he venido a darme cuenta, con todo esto, de que hacerse retratar es un acto cercano a la soberbia, si no es soberbia en estado puro. He buscado «soberbia» en el diccionario porque era una palabra muy del catecismo del padre Ripalda y yo quería una versión más laica, y me he encontrado con una encantadora segunda acepción de «soberbia» en el de la RAE: «Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás». Ahí lo tienes. Pero hacerse retratar así, como lo ha hecho Bono, con el dinero de todos y con la que está cayendo, para satisfacer la contemplación de sus propias prendas, es convertir un retrato en una caricatura y la caricatura en el retrato fiel de una vida.

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