Las cuentas de la vida

Una condena segura

03.08.2015 | 00:15

Legislatura tras legislatura, cada gobierno pretende dejar su impronta en el sistema educativo. Por lo general, estas tentativas no dan los frutos esperados. Es fácil argumentar que un incremento sobre el gasto redundará en una mejora de las escuelas, pero resulta bastante más complicado probar que esta ecuación realmente funciona. El colapso de la familia –cada vez un mayor número de niños crece con un solo progenitor–, la precariedad laboral y las altas tasas de paro, la complejidad sociológica de la inmigración, la inadecuación de los currículos escolares y la discutible formación de buena parte del profesorado son algunas de las razones que podrían explicar los malos resultados académicos. Sean cuales sean las causas, en España el fracaso escolar ha llegado a tal punto que difícilmente se puede responsabilizar en exclusiva a los colegios y a los profesionales de la educación.

Tomemos una cierta perspectiva: lenta y gradualmente, en los últimos veinticinco años la sociedad se ha ido articulando cada vez más sobre capas cognitivas. La modernización de la economía convierte en precarios los empleos de escasa cualificación, además de amenazar los de cualificación mediana. Cajeras de supermercado y taxistas, camioneros y agentes de viaje serán, en unas cuantas décadas, profesiones de difícil encaje. En Japón, un hotel ya ha sustituido a los recepcionistas por un equipo de robots y, en el futuro, algún tipo de software informático suplirá a la mayoría de técnicos de laboratorio. El valor del trabajo –y sobre todo los requerimientos del mismo– está mutando a una velocidad enorme. Si las sociedades occidentales se están articulando sobre las distintas capas cognitivas, el porvenir conduce del trabajo bruto al trabajo inteligente. Esta transformación productiva de la economía conlleva una transformación paralela del plan educativo. Un fracaso se cimienta sobre otro.

Tampoco las últimas reformas emprendidas por las distintas administraciones parecen ir en la dirección adecuada. La Ley Wert insiste en formar para tests a corto plazo más que en incentivar la investigación y la curiosidad. En algunas autonomías se ha impuesto una concepción ridícula de la enseñanza de los idiomas que se sustancia en una plétora de profesores poco preparados lingüísticamente impartiendo en mal inglés alguna de las asignaturas que, de este modo, se degrada a la condición de neoasignatura. Los sucesivos planes educativos que lanzan los gobiernos ni siquiera responden a una estrategia de largo plazo o a un modelo mínimamente pactado entre los partidos. Propuestas de éxito contrastado en un buen número de países de nuestro entorno, como el homeschooling, son perseguidas en España, al igual que se estigmatizan los conciertos educativos, a pesar de que alguno de los proyectos pedagógicos más interesantes de estos últimos años ha surgido de ese entorno; pienso, por ejemplo, en el que acaban de emprender los colegios jesuitas en Cataluña.

Lo interesante de la libertad es que facilita la experimentación, el ensayo y error. Hay políticas, sin embargo, que sí se sabe que funcionan, como argumenta en Our Kids el catedrático de Harvard Robert D. Putnam. Se sabe, pongamos por caso, que la etapa preescolar resulta clave a medio y largo plazo, por lo que es fundamental invertir en bajas de maternidad más prolongadas, guarderías con estándares escandinavos, ratios más reducidas y una preescolar centrada en el juego, la exploración y el aprendizaje de habilidades no cognitivas como el autocontrol. Se sabe que la lectura en familia constituye la principal garantía del éxito académico y que, más que enseñarles a leer a edades tempranas, conviene fomentar una rica pedagogía de la escucha. Se sabe que las escuelas de padres, junto al atento seguimiento de las familias en peligro de exclusión social por parte de los servicios sociales, permiten modular el riesgo de fracaso escolar. Se sabe que el diagnóstico precoz y la atención temprana resultan esenciales. Se sabe el papel positivo que desempeñan las actividades extraescolares como modelo de transmisión de determinadas actitudes positivas, además de formar el carácter. Se sabe, en definitiva, que es imprescindible una mayor exigencia en la selección y formación del profesorado. Muchas de estas medidas exigen disponibilidad presupuestaria, pero sobre todo demandan prioridades claras, generosidad ideológica, pactos estables y medidas decididas. Lo contrario, me temo, nos conduce a perpetuar un modelo fracasado y, sobre todo, a una inevitable y peligrosa estratificación social.

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