360 grados

Cuesta reconocer a la nueva Alemania

03.08.2015 | 05:00

A uno, que ejerció varios años de corresponsal en la República Federal cuando su capital era aquella «pequeña ciudad en Alemania» de la que habló John Le Carré en uno de sus relatos de espionaje más famosos, le cuesta hoy reconocer al país de la canciller Angela Merkel y su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble.

Era Bonn entonces una plácida ciudad universitaria a orillas del Rin, río europeo por excelencia, y parecía el lugar más discreto para una Alemania que quería hacerse perdonar los crímenes del nacionalsocialismo. Francia, su viejo enemigo, con el que trataba de reconciliarse, quedaba muy cerca, mucho más que ese Berlín desde donde Adolf Hitler había intentado exterminar al pueblo judío y dominar a Europa.
En aquella Bonn casi somnolienta, sobre todo los fines de semana, todos los «laender» tenían sus representaciones, y en ellas, entre otros lugares, los periodistas podíamos charlar de forma distendida con políticos que ocupaban ya, o iban a ocupar, puestos de importancia en el Gobierno federal.

Pero vino la reunificación, un proceso muy costoso y que provocó recelos en algunos países de Europa Occidental, sobre todo en el Reino Unido y Francia. Los alemanes recuperaron su vieja posición en el corazón del continente, una Europa ampliada hacia el Este, donde surgieron nuevos mercados y socios políticos: poco a poco se fueron superando los viejos complejos y Alemania volvió a confiar en sí misma.

Una nueva generación de alemanes, a la que pertenece la propia Merkel, nacida en la antigua Alemania comunista, sintió que ya habían purgado suficientemente sus compatriotas del Este y el Oeste los pecados de sus antepasados, que no podía obligárseles a pedir perdón eternamente y debían centrarse en el futuro.

Había nacido una nueva Alemania, otra vez con la industria más poderosa de Europa, con un vasto territorio y sobre todo con la población más numerosa de todo el continente, una Alemania que había recuperado su viejo orgullo y que estaba dispuesta esta vez no a invadir, sino a dar lecciones de economía a sus vecinos.

A ello ayudó sin duda el euro, que había sido en principio una idea francesa como contrapartida a la reunificación y para atar corto a la nueva Alemania, pero que, concebido casi a imagen y semejanza del viejo marco, resultó tremendamente beneficioso para una nación exportadora al no poder el resto de sus socios recurrir como antes a depreciaciones de sus monedas para hacer frente a la mayor competitividad germana.
Sea como fuere, Alemania aprovechó su hegemonía para que los demás aceptasen sus reglas, como el pacto de estabilidad y crecimiento y su versión más estricta, el pacto fiscal, cuyas exigencias sobre el máximo déficit y deuda pública tolerados se han convertido en una camisa de fuerza que impide crecer lo suficiente a las economías más débiles como son prácticamente toda las del sur de Europa.

El Gobierno de Merkel y Schäuble parece cada vez más atento a los intereses nacionales y a complacer a su propia opinión pública, que ve con desconfianza cualquier intento de los países mediterráneos de conseguir que se flexibilicen esas reglas, que han demostrado que no valen igualmente para todos.

Y ahora vemos que ni siquiera los socialdemócratas en ese gobierno de coalición parecen dispuestos a escuchar a quienes se quejan de que la aplicación inflexible del pacto fiscal favorece exclusivamente a Alemania, que no sólo exporta como nunca, también dentro de la propia UE, sino que se beneficia además de los bajísimos tipos de interés de su deuda mientras sus socios tratan de seguirla con la lengua fuera.

Alemania ya no es un «primus inter pares», sino que es visto cada vez más como un hegemón insolidario con un Gobierno conservador en el que los socialdemócratas parecen ser poco más que comparsas y que impone a los demás su voluntad sin que parezcan importarle demasiado las consecuencias sociales de esas políticas.

El filósofo italiano Massimo Cacciari citaba en un reciente artículo el famoso diálogo de los melios del historiador griego Tucídides, donde los atenienses utilizan el discurso de la fuerza y dicen que «la justicia permanece en la raza humana en circunstancias de igualdad y los poderosos hacen lo que permiten sus fuerzas y los débiles ceden ante ellos».

¿Es esto lo que ocurre actualmente en Europa? Si es lo que parece, podría tener razón otro filósofo igualmente europeísta como el alemán Jürgen Habermas, quien, refiriéndose a la gestión de la crisis griega, señalaba que sus compatriotas «han dilapidado en sólo semanas el crédito político acumulado en decenios».

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