El paseante

Españolidad

03.08.2015 | 00:15

Una sociedad se construye día a día. Mediante aquella maldición bíblica del trabajo, pero también a través de este deseo humano de orden que estructuró el mundo según la etiqueta que Adán concedió a cada elemento de la creación, por seguir con la imaginería religiosa. No da igual que uno nazca en una sociedad u otra, que no es un punto geográfico. No es indiferente la lengua que cada quién hable. Ambos factores hacen que el mundo y sus circunstancias se interpreten a través de unas gafas precisas. Un determinado suceso será juzgado de un modo u otro según esos factores culturales colectivos que llevamos impresos en nuestra personalidad de un modo mucho más indeleble que el número de pasaporte o DNI que se oculte en la cartera. Sin ningún ánimo excluyente, escribo que ser español significa que uno acepta vivir de acuerdo a unos determinados valores que hace tan solo unas décadas eran unos y hoy, construidos por esa misma sociedad son otros. El pueblo español es tan ejemplar que una misma generación instruida en los himnos de la intransigencia e incluso del odio, se recondujo hacia la paz y la justicia como bienes supremos, y la tolerancia como camino. Las generaciones posteriores, y esa misma que protagonizó la transición, de la que tan sólo hace 40 años, hemos ido cultivando una serie de creencias que nos acompañan sin que nos percatemos de ello. Un ADN sentimental, una educación española que va por encima de saberes y títulos, de razas y credos. La definición de español a la que se ha puesto de moda escupir sin respeto, entre retro-rojos, vetero-liberales de periferia y modernos de rancia factura. Un país no es un gobierno o una circunstancia socio-económica, es un paisaje que modela la mirada y muestra su rastro en las actuaciones y en las impresiones que el ciudadano de esa comunidad hace y recibe a lo largo de su periplo por este mundo. La educación de la sociedad española va más allá de las legislaciones que determinan la marcha de las aulas. Nos impregnó desde las casas, por las calles, en las charlas de bar y entre las discusiones con los amigos. Y creo que es sensata cum laude.

Varias cadenas de la televisión en Estados Unidos, tanto en inglés como en español, emiten programas en los que una o un presentador interpreta el papel de juez. Allí acuden para lavar vergüenzas en público personas con casos de lo más variopinto. A veces las situaciones planteadas son tan demenciales que imagino, o quiero pensar, que son pactadas o modificadas por los equipos de producción del programa. De hecho, como en las películas tipo Hollywood, se puede hablar de presentación, nudo, y ese doble nudo de perplejidad cuando ya parecía próximo el desenlace. Historias de lo más grotesco que confieso me tienen enganchado. Una chica acude con su marido porque no le hace el amor con la frecuencia que ella querría. Tras esa afirmación aparece en el estudio un amante que ella tiene, pero que confiesa que está contratado por su marido porque él quiere que ella sea feliz. La esposa infiel despechada abofetea al esposo. Tras una reprimenda colectiva de la presunta juez, los cónyuges se abrazan en un llanto que certifica su amor, si no eterno, al menos hasta las próximas horas. Sobre casos más o menos rijosos, uno contempla en el escaparate de esa serie de programas, en ambas culturas repito, una imagen de la mujer que en España no cabría la más mínima posibilidad de que se exhibiera por más que los aproximemos a nuestra tele-basura. Suegros que pretenden decidir el aborto de la novia de su hijo. Hombres que afirman ante cámara que han pegado a su mujer, allí presente, y el programa no se detiene porque ese no es el asunto. Esposas que discuten con la amante de su marido que siempre sale bien parado de estos lances de pasión entre tigresas. Ya digo, he visto actuaciones en las que no dudo que hubieran intervenido todas las clases de fiscalías que tenemos en España por vejación a la mujer en distinto grado. No juzgo. La comparación es inevitable. Me reconozco en una serie de valores éticos y morales traídos de mi tierra. Un equipaje inevitable de españolidad.

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