360 grados

Turismo

04.08.2015 | 05:00

Se ha levantado en Barcelona un fuerte revuelo por la intención de la nueva alcaldesa de izquierdas de paralizar algunos proyectos turísticos hasta que se estudie su conveniencia para la ciudad.

Mientras tanto, en otra de las regiones más turísticas de España, el archipiélago canario, su nuevo presidente habla también de la conveniencia de limitar el número de turistas que lo visitan.

La razón es comprensible y muy simple: lo interesante, dice, es que el turista deje recursos porque de nada sirve que lleguen veinte millones de personas si vienen con el «todo incluido» como tantas veces ocurre en nuestro litoral.

Aquí seguimos todavía dando excesiva importancia a los operadores turísticos, el equivalente en ese sector de los supermercados en el alimentario por la enorme capacidad de presión que tienen sobre los precios.

No se ha hecho tampoco un estudio económico en profundidad de los efectos negativos de cierto tipo de turismo sobre el medio ambiente y la calidad de vida de las poblaciones que viven en los lugares receptores.

El ruido, la contaminación de todo tipo, los desechos que genera y la excesiva presión sobre recursos naturales esenciales como pueden ser los hídricos son otros tantos impactos negativos que muchas veces no se tienen en cuenta, pero que habría que contabilizar.

Sumado a la corrupción, que ha permitido tantas recalificaciones de terrenos que deberían estar protegidos, el turismo ha destruido de modo ya en muchos casos irremediable buena parte de nuestro paisaje costero y ha contribuido al desprestigio de algunos lugares que merecían mucha mejor suerte.

En nombre de una tantas veces engañosa creación de puestos de trabajo – casi siempre temporales y mal remunerados– se han hecho aquí las mayores barbaridades, como la construcción, por el momento paralizada y de resultado incierto, del monstruoso hotel Algarrobico en medio de un parque natural.

Habría que fijarse en países como Francia, mucho más respetuosos que el nuestro con su patrimonio cultural y mucho más atentos al valor añadido que supone la calidad de la naturaleza, del aire o el estado de conservación de sus ciudades y de su entorno natural.

Con el turismo parece ocurrir algo parecido a lo que sucede con el vino, el aceite u otros productos de los que somos campeones de exportación: nos fijamos muchas veces más en la cantidad que en la calidad, sin preocuparnos demasiado del valor añadido que podríamos darle porque exigiría un mayor esfuerzo, al que no parecemos estar muchas veces dispuestos.

El resultado es que unos cardamos la lana mientras otros –franceses o italianos casi siempre– se llevan la fama.

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