Entre el sol y la sal

Qué es Europa

Europa debería echar la vista atrás y recordar aquél sueño del que nació, reforzar las claves transversales que la hicieron un organismo modélico

05.08.2015 | 05:00

La Unión Europea está formada por 28 países, y a ese grupo no pertenecen por ejemplo Turquía ni Serbia, pero estos dos países si participan en Eurovisión, festival en el que también canta Israel, un país que sin embargo no juega la Eurocopa de futbol.

Se supone que Europa pivota con total libertad democrática sobre tres grandes ejes que son el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo y el Parlamento Europeo, pero claro, no olvidemos que existen seis países, entre ellos España, con derecho a veto sobre cuestiones que le resultan molestas, o lo que es lo mismo, en un universo paralelo con una Cataluña escindida España podría vetar su ingreso en la UE. Chúpate esa Artur.

Así que ya ven, este lío es Europa. Una casa de citas nacida de un sueño idílico que se arrodilló ante el sostenimiento de la moneda única y que se desmorona cuando se trata de asuntos como la inmigración.

Ahora están los ingleses preocupados porque unos cuantos subsaharianos se le están colando por la puerta de atrás, el paso fronterizo por el Eurotúnel en Calais, todo un paradigma de ingeniería civil que se ha convertido en una autopista de inmigrantes a la carrera. Resultan llamativas las imágenes de policías ingleses y franceses rociando con gas pimienta a los inmigrantes, pero claro, nadie protesta. En cambio, cuando las fuerzas españolas e italianas hacen todo lo imposible por impedir avalanchas humanas en Ceuta o Lampedusa, se les exige corrección y proporcionalidad. En este punto parece que tampoco somos todos iguales en Europa, y una pregunta nos hacemos desde hace años en el sur para darnos cuenta de que la UE mira para otro lado en los temas que quiere, o si no díganme cómo es posible que ni una sola patera llegue nunca a las playas de Gibraltar. Qué misterio.

Muy bonita Europa, preciosa. Una asociación con una bandera, dos velocidades y distintos intereses, pero nos guste o no, Europa manda y no podemos pensar que el poder lo tienen el concejal del pueblo o el ministro de turno. Eso es cateto, infeliz y estéril.

Al pescador de la Costa del Sol le impone el número de capturas un luxemburgués, al que recoge la aceituna en los pueblos blancos se le limita la cantidad desde un despacho en Bruselas, y a todos los que tenemos la suerte de ejercer una profesión se nos exigen impuestos marcados a miles de kilómetros de distancia.

Aquí en España andamos a vueltas con las elecciones plebiscitarias de Cataluña y la posible invocación de los Arts 155 y 161.2 de la Constitución, e imaginando si esta situación pudiera dar lugar a utilizar el Art 22.2 de la inminente Ley de Seguridad Nacional por el que la gestión de una crisis se desarrollará a través de instrumentos de detección, prevención, planificación, respuesta, retorno a la normalidad, control y evaluación. El desarrollo del acometimiento será gradual e implicará a los diferentes elementos del Sistema de Seguridad Nacional, según sus competencias y de acuerdo con la situación de crisis que se produzca. Es decir, el partido se acaba cuando lo dice el dueño del balón, nunca antes.

Creo firmemente que Europa debería echar la vista atrás y recordar aquél sueño del que nació, reforzar las claves transversales que la hicieron un organismo modélico y, si hace falta, crear una normativa expeditiva para evitar crisis que se veían venir y echar a los países que nos ponen en peligro a todos. No creo que les falte razón a los miembros del Parlamento Británico que piden en 2016 abandonar este caos en que se ha convertido una Unión Europea que no se reconoce ni ella misma.

De qué sirve entrar en la zona VIP si solo tienes dinero para tomar garrafón.

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