Perdidos y encontrados

Roberto, mis aletas... (al Pepelu)

06.08.2015 | 05:00

El mar te espera como un sueño, pero sólo si eres un delfín, no como un delfín. Un acorde, un fotograma, una sonrisa de cine, una punzada sentimental, ese aviso de lo que te traerá la vida, la soledad en los dos amigos, personajes centrales de aquella película, El Gran Azul.
En el periódico de verano un suceso deportivo puede trasladarte al ti mismo de hace décadas, sumergirte a pulmón, hasta casi el fondo: «Drama en Formentera. Desaparece la campeona mundial de apnea».

Natalia Molchanova había renovado imbatida a sus 53 años su plusmarca mundial femenina en peso constante con aletas, sin botella, el pasado mayo en Egipto. Pero el domingo se dejaba la vida en las profundidades de su querido Mediterráneo (en las que había conseguido 41 oros, varias plusmarcas y proeza tras proeza en las diversas modalidades en que una atleta se puede sumergir a pulmón libre, como la de haberlo hecho a 237 metros de distancia subacuática el año pasado).

La nadadora rusa sabía aguantar la respiración como aquellos personajes, dos amigos que se enfrentaban en competiciones de apnea, que encarnaban Jean Reno y Jean Marc Bar en El Gran Azul (Luc Besson, 1988). La película, una coproducción francesa-italiana-norteamericana, se estrenó en pleno verano, el 1 de Julio, curiosamente en Grecia, ahora que tanto mentamos el país heleno y tanto en vano. Comienza de hecho en una de las preciosas islas griegas cuando los dos protagonistas aún eran niños. Besson se basó en la historia real de amistad y competencia entre los campeones de apnea Jacques Mayol y Enzo Maiorca. Mayol fue una leyenda de la bajada a pulmón libre que llegó a ser llamado el hombre delfín. El 22 de diciembre de 2001 una vecina se lo encontró colgado en su habitación. Tenía 74 años y su sorprendente capacidad pulmonar mermada.

En la película, el francés Jacques trabaja en un delfinario y lleva en su cartera la foto de sus mascotas como un padre lleva la de sus hijos. El italiano Enzo, en cambio, vive su soledad rodeado de familiares entre los que destacan su hermano Roberto, que vive a su sombra como un escudero solícito siempre con las aletas del hermano preparadas, y la mamma que cocina los espaguetis. Su especialidad, cómo no, son los Frutti di mare, el gran azul omnipresente hasta en la comida.

En la bella isla de Taormina se produjo el enfrentamiento entre tan singulares personajes, en la vida real y en la película. Mi amigo Pepelu y yo la vimos en Málaga y a ambos nos marcó. La música de Eric Serrà forma parte de la vida de ambos y la hemos utilizado mucho en la radio, donde él sigue trabajando, en Canal Sur. Creo que alguna vez pensó que éramos un poco cada uno de los personajes, pero los dos éramos los dos, o ninguno. Ese inmenso mar, sin embargo, profundo e inquietante, tentador y cambiante, tan peligroso cuando te crees inmortal, como un delfín, sí puede ser la metáfora, sudario gris o sueño azul, de nuestras vidas.

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