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Tierra, hombre, sociedad (y III)

07.08.2015 | 05:00

Para terminar esta serie, corresponde analizar hoy el tercero de los requisitos que estableció Hanna Arendt para definir los totalitarismos, a saber: la destrucción de la individualidad, entendida como eliminación de la espontaneidad, de la capacidad de comenzar de nuevo con los propios recursos.

La naturaleza es el único capital real, físico, tangible, medible y finito del planeta. La explotación obscena de la biosfera que lleva a cabo el hombre, sin embargo, la ha transformado en un producto cultural de éste. El resultado de este expolio es la pérdida de autonomía y espontaneidad de la naturaleza, que es convertida en naturaleza producida, en una máquina cuyos mandos acciona el hombre.

Esta destrucción de la individualidad y de la capacidad de comenzar de nuevo con los propios recursos es el factor que identifica el campo de concentración, que es el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en regla, la materialización del estado de excepción y la creación de un espacio para la nuda vida. Con «la vida desnuda cesa el dominio del derecho sobre lo viviente». En este caso, la suspensión permanente de las leyes naturales que produce la actividad económica despoja a la vida biológica de su condición de naturaleza, y la reduce mera nuda vida consagrada a la muerte y convirtiendo a la naturaleza en un campo de concentración para ella misma. En este espacio no-ético de la no-naturaleza, reaparece –como categoría universal de la modernidad– la figura definitoria del lager nazi: el musulmán, que se manifiesta con nuevas formas en contextos específicos: los organismos modificados genéticamente y; los establecimientos industriales de producción animal.

Los organismos modificados genéticamente, son entes cuyas características han sido cambiadas, usando técnicas que permiten separar, modificar y transferir partes del ADN de una especie (bacteria, virus, vegetal, animal o humano) o información resultante de la creación de cadenas de ADN, que no ocurren en la naturaleza para introyectarlo en el ADN de otro. Son máquinas programables cuyos botones de mando (los genes) son accionados por el hombre. Esta técnica genética, instituye la versión postnatural y transgenética de una naturaleza concebida para su reajuste a las leyes económicas del capitalismo global. En este intento de reajustar la biosfera a la economía aflora un paralelismo indirecto –en su naturaleza y resultados– entre la manipulación genética de organismos vivos y la creación de estados nacionales étnicamente homogéneos. Muestra que ambos son procesos de modernización de estructuras vivas a través de la violencia, perpetrada o dirigida con o contra cuerpos extraños y una parte del coste de modernización que las sociedades pagan.

El otro contexto en que se manifiesta la categoría del musulmán es el proceso productivo de la industria alimentaria animal (terneros, cerdos, producción de leche, pollos, gallinas ponedoras, conejos, peces, etc.). Su análisis nos muestra que al igual que «Auschwitz fue un establecimiento industrial de explotación, asesinato y aprovechamiento económico de seres humanos», estos establecimientos de producción animal pueden ser categorizados de la misma manera. En ellos se practica la crianza como tecnología, utilizando un método estandarizado de desarrollo rápido de ejemplares biológicos, estabulación y enjaulamiento permanente, separación de su medio y limitación o impedimento de la interrelación con sujetos de su especie. Esta técnica ajena a la condición universal de vulnerabilidad y precariedad física de la vida, sólo persigue la optimización de la eficiencia para la maximización del beneficio. En este proceso industrial los ejemplares biológicos son considerados meros dispositivos productivos de vida animal, sometidos a una existencia extrema desprovista de toda dignidad, tanto durante el proceso de crianza y crecimiento como en el de liquidación. En estos organismos la vida queda restringida al haz de funciones biológicas: alimentación, excreción de residuos y descanso, necesarias para una supervivencia dirigida exclusivamente a la producción de beneficios. La supervivencia de estos organismos productivos tiene como fin único y final la producción de piezas en un proceso de trabajo en cadena para una liquidación en masa. No existen individuos, entendidos como seres sintientes con identidad diferenciada, sino ejemplares que tiene la consideración de meras unidades expresivas de valor económico. Este tratamiento convierte estos ejemplares en máquinas biológicas cuyos mandos acciona el hombre, puro y simple «continnum biológico» privado de dignidad y derechos, integrante del proceso productivo de la industria alimentaria. La consecuencia de la introducción de estos procesos de cría y reproducción intensiva, es que estos establecimientos han dejado de ser granjas ganaderas y se han convertido en campos de producción, donde el proceso de fabricación de víveres se transforma en un proceso de «fabricación de cadáveres». La creación de estos espacios de naturaleza producida, de estos hábitats que prefiguran hábitos y habitantes, muestra lo que son: espacios de caos, no de orden, donde tiene lugar la producción, expansión y dominio de la naturaleza.

Cumplido el reto propuesto, omito establecer unas conclusiones y dejo que cada cual establezca las suyas. Dicho esto me despido hasta el primer miércoles de septiembre.

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