Punto final

Pep no para de asombrar

12.08.2015 | 05:00

El vestuario del Bayern Munich es una bomba de relojería. Los jugadores del equipo bávaro están cada vez más alejados de Guardiola y no parece fácil que se cierre la brecha existente entre las dos partes. Ante su tercera temporada en el Bayern el técnico catalán está más expuesto que nunca a los resultados después de que la cosecha de títulos hasta ahora no haya cumplido las expectativas de los dirigentes del equipo. Los clubes alemanes son mucho más pacientes que los españoles en la evaluación del rendimiento de un entrenador, pero no por ello éste deja de estar sometido a la inapelable ley futbolística que marcan las derrotas o las victorias.

En el Bayern ganar la Liga y la Copa, como ha hecho por ejemplo el equipo bajo el mando de Guardiola, es casi obligado, de acuerdo con la historia de éxito del club y del gasto en jugadores, de ahí que la exigencia sea máxima y se mida al entrenador por lo que consiguió en el Barcelona, comparación en la que Guardiola no sale muy favorecido. Guardiola fue recibido en el Bayern como el entrenador que colocaría al conjunto bávaro en la cumbre del mundo durante años y años, el que haría que lo ganasen todo una y otra vez. De momento está muy lejos de ello, lo que supone que el crédito del catalán está perdiendo enteros de forma acelerada.

Como suele suceder en los casos de pérdida de confianza detalles que en un principio hacían gracia o por lo menos contaban con un período de carencia hasta ver en qué acababa la cosa se han convertido ahora en algo difícil de aguantar. Entre ellos figuran en un destacado lugar los peculiares gestos de Guardiola. El catalán ha sido siempre muy expresivo y muy vehemente y es de los que no para de dar instrucciones desde la banda. Esto último ya ha provocado que jugadores del Bayern se acercasen al entrenador para que les aclarase qué es lo que quería de ellos porque no lo entendían.

No es el único motivo de falta de sintonía. A pesar de que se defiende bastante bien en alemán aún está lejos de dominar el idioma y esto también se le echa en cara. Se le acusa según buenos conocedores de la dinámica del vestuario de que el equipo está muy «castellanizado» y de que pretende que sean los jugadores los que se adapten a él cuando se entiende que debe haber una doble vía de comunicación. Pero por si fuese poco Guardiola también se muestra como un hombre de extremos en su gestualidad y pasa de la mayor euforia al silencio más absoluto en un santiamén, o se muestra de lo más absorto en otros momentos, como ocurrió esta semana pasada en la rueda de prensa de los entrenadores participantes en el torneo de Munich. Mientras hablaba Benítez, el entrenador del Madrid, a Guardiola se le vio con la mirada perdida, metido en sus pensamientos, como si estuviese en otro mundo.

A Guardiola se le pide en Munich más empatía, que se meta más en la piel de los demás, y que no vaya tanto a su bola. Precisamente por esto es por lo que no ha gustado nada en el club alemán su vinculación tan pública a la política (Guardiola forma parte de la lista indepedentista en las próximas elecciones catalanas), cuyos dirigentes preferirían mayor discreción en asuntos tan sensibles, según ha trascendido. Así que Guardiola no para de asombrar. Cuando no es por sus éxitos futbolísticos, por todos reconocidos, lo es porque entran en juego características personales que no son tan valoradas unánimamente.

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