En solo 725 palabras...

Sinestesia y otras cosas

12.08.2015 | 05:00

Tengo la sinestesia enhestada. Desde principio de año no para de crecerme y crecerme..., la sinestesia, claro. Creo que es el empacho electoral el que la empuja. Bueno, quizá no sea empacho, pero mal cuerpo sí que me ponen las alharacas de las tribus –todas– que contienden al son de sus demogaitas. Cada vez son más las veces que me encuentro en situaciones en las que escucho con los ojos y veo con los oídos. Cosa de la sinestesia.

Recuerdo una vez, cuando chaval, que tuve los ojos llenos de legañas. La infección duró dos días. Eran tiempos en los que la edad nos abarrotaba los ojos de tentaciones y deseos francamente prohibidos. Nada que ver con la sinestesia, entonces. La prohibición franca de entonces era tan infalible, amenazaban, que durante un tiempo pensé que aquellas legañas mías fueron la manifestación divina del merecido castigo a la inmoderada naturalidad de la mirada lasciva de mi pubertad. Aquellos eran días en los que la franqueza paseaba bajo palio y convocaba a Dios, temprano cada día, para leerle la cartilla y para encomendarle la faena. Y Dios madrugaba y acudía a maitines para recibir instrucciones. La franqueza de entonces no era como la de ahora. Antes, franco, lo que se dice franco, nadie podíamos ser. ¡Bueno, él sí, claro...!

Entonces, la sinestesia no comparecía, so pena de algún sabe Dios qué, de esos que achicharran..., como el de la Pucelle d´Orleans, por ejemplo. Quizá es por eso que no tengo consciencia sinestésica de aquel tiempo. Después sí, después mantuvimos algunos-muchos flirteos intermitentes, y, últimamente, lo nuestro es ya un affaire en toda regla. Este año, por ejemplo, tengo los ojos llenos de bochinche electoral. La batahola se me agolpa en el lagrimal, y al final mi lagrimal cede, y termino desmazalado y abatido y atímico por la barahúnda, que me hace llorar de risa o de indignación o de rabia o de indiferencia o de desinterés o de desidia... Y es ahí, cuando el tropel me impide ver a la muchedumbre que atesta mis ojos, que la sinestesia vienen en mi auxilio, y son mis ojos los que escuchan el eco paradisiaco y mesiánico de esas promesas trapecistas que tantas veces terminan caídas en la red despótica del ucase, disfrazado de falso por-tu-bien-hijo-mío-todo-es-por-tu-bien.

A veces son mis oídos los que ven los gestos y las inflexiones de los mesías, y los de sus apóstoles. Y se percatan de las mentirijillas y las mentiras, y de las pardilladas, y de la candidez, y del gigantismo hiperbólico, y de las fanegas y fanegas de tontegías –que diría el Sire–, de algunos de los dicentes multicolores que nos están pelando la pava. Aunque mis ojos son un portento cuando escuchan, mis oídos son más eficientes cuando ven, porque bosquejan el escenario con matices más ricos que mis ojos. Supongo que la presbicia tendrá algo que ver en este lance. Angelitos mis ojos...

La sinestesia no viene de serie en el kit turístico, pero no todos hemos reparado en ello. El otro día, por ejemplo, escuché a un turístico decir que lo suyo fue sinestesia, que fue escuchar la filosofía del Inbound Marketing y ver la luz. Y contó que lo nuestro ya no es perseguir clientes, sino atraerlos, que es lo moderno. Y lo explicó, crédulo, como lo haría el mismísimo Brian Halligan, el padre de la criatura. Y dijo innovación seis veces. Y mantuvo los ojos iluminados, como los tecnócratas chispoletos que dicen ver a la Virgen aun con los ojos cerrados. Y me volví a preocupar, claro...

La trastienda turística ya no está para caer en más trampas... ¿Qué ocurriría si todos los destinos competidores pusieran en marcha la misma estrategia...? ¿Funcionarían los cinco procesos en los que se sustenta el invento abductor...? ¿Terminaría verificándose el método, o su falibilidad en turismo...?

Quizá –esto es un punto de vista–, más que a Halligan habríamos de encomendarnos al alma de Mario Quintana, el poeta brasileño que nos lego aquello de que el secreto no es corretear detrás de las mariposas, sino cuidar el jardín para que ellas acudan... Ninguna promoción puede estructurarse desde el producto indiferenciado sin correr el riesgo del otra-vez-más-de-lo-mismo, por mucho que la ataviemos con neologismos grandilocuentes y tecnocráticos. Si se trata solo de la eficiencia, creo que el fanal es Quintana, no Hallligan.

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