Cartas al director

El buen trabajador

16.08.2015 | 05:00

Desde hace un tiempo, hay empresas que se dedican a orientar a otras empresas: optimizar recursos, planificación, personal, ahorro energético, motivación, selección, gestión, aplicación de técnicas, diseño de estrategias, recursos humanos, relaciones laborales... Son las que configuran, digamos, el aparato neuronal, lo que hace que una empresa pueda funcionar correctamente y que pueda prosperar. Se podrían añadir otras tantas orientaciones y apoyos o sugerencias, como asesoramiento ortográfico y gramatical podría añadir por deformación profesional. Sin embargo, lo más llamativo es que no sean orientadas correctamente en cómo producir más y mejor en menos tiempo.

Considerando el tiempo como algo abstracto porque no se puede ver, ni tocar, ni sentir y a la vez concreto porque se puede medir en horas, minutos, segundos, días, semanas... Esto es algo que se pierde no sólo en las empresas privadas, sino también en las públicas. No ya en la producción concreta de productos u objetos, sino también en la producción de cuestiones abstractas, como son los conocimientos y destrezas en los centros docentes, o la mejora del estado de salud en hospitales o centros de salud. Los admirados y envidiados países nórdicos lo saben muy bien, tras esta dura crisis se proponen reducir la jornada laboral a seis horas. Antaño, se vislumbraba un fin de semana que incluía todo el viernes, pero se opusieron las grandes multinacionales, que siempre están con las garras afiladas.

Esos filos cortantes son los que siempre ha mostrado la dirección de nuestras empresas, desde nuestros jefes, hasta los mismos subordinados que a su vez controlan a otros subordinados. Esas cuchillas cortantes y afiladas sirven para educar a los súbditos en la cultura del miedo y del sometimiento, desde siempre se ha considerado que un trabajador rinde más si se encuentra presionado y amedrentado. Lo que me sigue extrañando y preocupando es que aún no se hayan dado cuenta de lo contraproducente que es seguir manteniendo este sistema de producción o de trabajo, puesto que el empleado permanece en un permanente estado de tensión que le impide trabajar a gusto y esto repercute no sólo en su vida laboral, sino en su vida privada, obviamente su estado mental y de salud en general se deteriora. El trabajador o trabajadora llega su casa cansado-a y no atiende a su familia, ni disfruta de su ocio o tiempo libre. Por lo que esto repercute al día siguiente y al otro. El mal se va retroalimentando. Hasta que llega el día en que uno cae enfermo porque no puede rendir más, pero no sustituyen a este trabajador, o trabajadora, porque esto es costoso. Al mismo tiempo, se le descuenta de su ya exigua nómina si se da de baja, y entramos así en un bucle desesperante. Nos acercamos a un modelo de producción china e inhumana, en lugar de mirar al norte – Suecia, Noruega- que desde luego son los que mejor viven y habría que tomarlos como ejemplo.

Luego, nos encontramos con las horas que hay que cumplir a rajatabla o «echar más de la cuenta». Hay trabajadores-as que tienen la destreza o la capacidad de realizar su trabajo en la mitad de tiempo que otros. Lo mismo que en la escuela, hay alumnos que en una hora estudian o aprenden lo que otros en dos o tres. Pues bien, resulta que los jefes-as mantienen a sus empleados-as hasta el último minuto para cumplir con ese horario tan pertinaz e improductivo. Hay que estar allí mirándose las caras unos a otros, aunque el trabajo ya se haya concluido. Otros-as acuden, incluso, fuera de la misma e inagotable jornada para mostrar al mundo lo buenos trabajadores que son, aunque tan solo hagan acto de presencia para abrir persianas o conectar y desconectar ordenadores o fumarse un pitillo en los aledaños del lugar de trabajo. Todo sea por contentar al jefe y que gane algún premio tipo «trabajador del mes» o algo parecido. Suele ser gente que, o bien viven para satisfacer al jefe, o carecen de vida familiar o no saben cómo gestionar su ocio, ya que probablemente no lo tienen, y arrastran con esa vida mediocre y gris a todos esos empleados que rinden satisfactoriamente y producen tanto o más que él o ella. Y que no quieren sacrificar el tiempo con su pareja, sus hijos, su mascota o su paseo vespertino.

Ahí tenemos a ese empleado-a que se queda el último para apagar luces y cerrar puertas, y regresa incluso un sábado por la tarde para hacer lo mismo. Mientras que éste es un modelo a seguir, el resto de sus compañeros son, seguramente, unos vagos.

De esta manera se crea un estado de insatisfacción permanente que repercute lógicamente en la producción de cualquier producto, sea concreto o abstracto. Seguimos anclados en un modelo, no tanto obsoleto como estúpido, que sigue valorando más la cantidad que la calidad y al trabajador mediocre, sumiso y sin vida social, frente al creativo, con iniciativas e inteligente, en tanto en cuanto produce y realiza más actividades en menos tiempo ¡Somos la caña¡

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