Perdidos y encontrados

Bragas Ponte

20.08.2015 | 01:12

Comenzaban los años 80 y una jovencísima Cecilia Roth asumía su primer papel en el cine. Fue en un breve inserto de falso anuncio televisivo dentro del también primer largometraje de Almodóvar: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), un icono de aquello que se llamó ´la movida´ y la más procaz y gamberra de las películas del hábil manchego. El ficticio anuncio era de ´Bragas Ponte´ y el juego de nominalizar el imperativo del verbo poner y aprovechar su polisemia («Bragas Ponte€, ponte bragas») sigue haciendo reír a medio mundo alojado en Internet, sin exagerar.

Las declaraciones de la concejala responsable de organizar la Feria de Málaga, Teresa Porras, respecto al incivismo que supone que algunas niñas fueran la feria pasada «con las bragas en la mano para que se le secaran», no han hecho, sin embargo, reír a nadie. Tampoco nadie las vio pasear con su ropa interior en la mano, que se sepa. Aunque hay que saber mirar, supongo.

He preguntado a un médico especialista si el aparato genital femenino produce y en qué circunstancias un exceso de fluidos hasta el punto de empapar la tela de esa prenda íntima, ya que no recuerdo alusión alguna respecto a que un hombre moje tanto los calzoncillos. Excepto en personas con problemas de incontinencia urinaria que pueden mojar incluso los pantalones, los lleve quien los lleve, me respondió que sólo en un contexto sexual y dependiendo de circunstancias fisiológicas muy personales se produciría algo así.

La literatura erótica oriental desde antes de Guy de Maupassant o Sade, como posteriormente el mundo del cómic con autores como Milo Manara y tantos otros o como cualquiera de las novelas presentadas al premio de La Sonrisa Vertical, sumado al imaginario necesariamente explícito del porno, han conjugado el verbo en reflexivo «mojarse» para connotar de manera intencionada el grado de excitación de la mujer. Pero no hay equivalente semántico ni moral, y ahí radica parte del problema, en el hombre, ya que la cosificación de la mujer en sus atributos sexuales como herramientas de uso ajeno ha sido lo habitual. Quizá se podría hablar de notar la erección en el varón, pero no produce la misma respuesta. En todo caso, el equivalente no es ir descamisado, como apuntó la popular edil malagueña (digo ´popular´ no por ser del PP sino porque ha salido hasta en los periódicos nacionales por sus declaraciones) a la hora de equiparar comportamientos incívicos entre algunas mujeres y algunos hombres en la Feria.

Que la oposición aproveche la última salida de tono –no es la primera– de la concejala para clamar contra ella y el alcalde que la sostiene va de suyo. Lo preocupante es que con la deriva –que hay que corregir con urgencia– que tiene la gran celebración del agosto malagueño, la política responsable de ordenarla lance a los cuatro vientos una imagen tan cargada de vulgaridad para describirla, aunque pretendiese lo contrario. Un daño añadido.

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