Las cuentas de la vida

Las pasiones

20.08.2015 | 05:00

Mientras leía la semana pasada el magnífico artículo Sonámbulos de Eduardo Jordá, pensé en un breve ensayo, titulado De la Ilíada, que escribió Rachel Bespaloff al poco de empezar la II Guerra Mundial. Es un libro emocionante, de una rara intensidad, que indaga sobre el sentido de la justicia en la Historia y su relación con la poesía y la belleza. «Los dioses otorgan felicidad, riqueza y gloria „anota Bespaloff„; mas sólo el hombre tiene el poder de unirlas con la justicia. Si no lo hace, tarde o temprano, lo aplastará la fatal calamidad. Esta nace de un pequeño origen „escribe Solón„, como el fuego: al principio no es nada y al final es un gran mal». La idea resulta interesante, sobre todo porque desvela que las cualidades del hombre y de la sociedad no se sostienen sin la armadura de la justicia. Por supuesto, la filósofa búlgara no se refiere tanto a una doctrina moral como a una percepción del límite que, paradójicamente, nos protege de nuestra propia vulnerabilidad. La felicidad es perecedera, la riqueza y la gloria devienen con facilidad sinónimos del poder y del orgullo. La feliz vida en el Edén, aun siendo un regalo de los dioses, termina con la expulsión de sus moradores, presagiando así el destino de las utopías. En otro pasaje de gran perspicacia, Bespaloff nos ofrece una clave esencial para desentrañar el poema homérico: «Aquiles ha preferido la gloria a una vida larga, porque ha escogido la inmortalidad: la inmortalidad del poder, no la del alma. En rigor, sería posible ver en Aquiles el elemento dionisíaco, la pasión de destruir por odio a la destructibilidad de todas las cosas; en Héctor, el elemento apolíneo, la voluntad de preservar el orden humano por amor al ser en su misma vulnerabilidad».

Entre ambas citas, se abre un espacio que conocemos demasiado bien y que se actualiza de generación en generación. ¿Cómo hacer frente a la imperfección social, política, humana? ¿Cuántas veces una crítica legítima, o un movimiento de protesta necesario, acaba transformándose en algo muy distinto y pernicioso? La pasión por destruir no equivale a la pasión por la justicia, aunque la fuente inicial pueda parecer común. La rigidez en los planteamientos, el abuso de autoridad, la mentira convertida en arma propagandística, la prepotencia o la ceguera, el frentismo que ignora las opciones intermedias, la pureza de la doctrina y el cinismo de los poderosos: esa es la levadura que fermenta el destino trágico de los pueblos. Pensemos en los fundamentalismos que ahora se disfrazan de nuevos derechos democráticos y que, en realidad, desbrozan el camino para la peligrosa ruptura de consensos anteriores, como en nuestro caso ocurre con el pacto constitucional. La mentalidad del todo o nada, además de frívola e infantil, sigue la lógica del odio. La prudencia del reformista, en cambio, se asienta sobre un axioma opuesto: en lugar del paraíso „que sabe inexistente„, lo único que pide es preservar la luz suficiente para seguir avanzando, paso a paso, mejora a mejora.

El siglo XX, con sus vicisitudes, sirve para ilustrar esta verdad homérica. La Unión Europea se ha construido de crisis en crisis, de tratado en tratado, con numerosas caídas y errores, pero sin dejar a nadie completamente de lado, ni siquiera cuando „como en el caso griego„ la deslealtad ha sido manifiesta. La historia reciente de España es también la de un éxito acrisolado por un buen número de fracasos. La Constitución del 78 permitió democratizar y descentralizar el país, recuperar derechos individuales y colectivos, ingresar en la Europa política, modernizar las infraestructuras y construir un aceptable Estado del bienestar, a la vez que surgían grietas en el sistema en forma de demagogia barata, populismo partidista y corrupción generalizada. La confluencia entre el poder político y el económico „no sólo a través del BOE, sino sobre todo en las autonomías y los municipios„ se une a la cultura clientelar y al nepotismo característicos de nuestro país. Pero una realidad no excluye a la otra. Estas tres largas décadas de democracia en España cotizan como el periodo más exitoso de nuestra historia. Y negarlo no sólo atenta contra la justicia, sino que constituye además una clara irresponsabilidad: una actitud, como decía Jordá, de peligroso sonambulismo.

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