Las siete esquinas

No todo es política

24.08.2015 | 05:00

Una vez tuve la suerte de pasar una tarde en un banco que daba al East River, en Nueva York, a la altura de la calle 8. No tenía nada que hacer, era noviembre, hacía buen tiempo y nadie me esperaba en ningún sitio, así que pude quedarme allí, en el banco, mirando todo lo que ocurría, que no era mucho, o mejor dicho, sí, era mucho, muchísimo, aunque nada de aquello pudiera ocupar nunca un titular informativo ni saltar a las redes sociales para convertirse en un acontecimiento «viral». Lo primero que vi fue un hidroavión que llegaba de no sé dónde, volando cada vez más bajo. Yo creía que ya no quedaban hidroaviones –a no ser los del servicio contraincendios–, y los pocos que volaban eran sólo de coleccionistas y aficionados, pero aquel hidroavión parecía moderno y se estaba acercando cada vez más a los edificios de Manhattan. De repente se me ocurrió que alguien intentaba reproducir con aquel hidroavión un 11S en pequeña escala, así que lo iba a estrellar contra algún edificio portuario, pero el hidroavión no embistió contra nada, sino que fue bajando de altura hasta que amerizó allí mismo, en la orilla izquierda del East River, con una placidez y una elegancia que hacía mucho tiempo que yo no había visto en ningún sitio.

Y lo más raro sucedió después, porque el hidroavión se fue acercando a un embarcadero y se abrió una compuerta y unas pequeñas figuras saltaron a tierra y fueron caminando casi de puntillas hacia la orilla –repitiendo con sus movimientos la sutil elegancia del amerizaje–, así que aquel hidroavión llevaba pasajeros. ¿De dónde venían? ¿Qué hacían allí? Imposible saberlo, pero allí estaban, saliendo del hidroavión en un hermoso atardecer de noviembre, como en una escena de Marcel Proust, sólo que con un siglo de retraso. Mi abuelo creció viendo hidroaviones que amerizaban en la bahía de Palma, y mi padre le llevó la maleta a un turista alemán que iba a embarcar en un hidro del Port de Pollença, en uno de los vuelos regulares que unían el Port de Pollença y Berlín (y el turista alemán se lo recompensó con una propina de una peseta, una fortuna en aquella época). Y muchos años después, su hijo y nieto vio una escena muy parecida en el otro extremo del mundo. «Gira el món i torna al Born», se decía entonces, y lo mismo se podría decir ahora si fuésemos algo menos creídos.

Pero la tarde frente al East River aún no había terminado. Tras el amerizaje del hidro llegaron dos cubanos –o portorriqueños– que parecían jubilados y caminaban muy despacio e iban hablando de un partido de béisbol. Todo el mundo camina deprisa en Nueva York, pero aquellos dos cubanos –o portorriqueños– no parecían tener prisa alguna, y mejor aún, no parecían tener ni la menor idea de que pudiera existir ese estado de ánimo o esa necesidad humana que denominamos prisa. Los dos pasaron frente al banco mirando la otra orilla y comentando el partido de béisbol, y me pareció un milagro que existieran aquellas dos personas que parecían tan poco preocupadas por las necesidades acuciantes de la vida. Y después vi pasar a varios ciclistas, y a dos niños que iban a jugar al fútbol en una pequeña cancha que había en el parque, y también vi a dos hombres que llevaban un tablero de ajedrez y se sentaron en la hierba y se pusieron a jugar una partida. Por fortuna nadie parecía tener prisa, y la ciudad que nunca duerme, la vertiginosa ciudad donde todo es ritmo acelerado y excitación y prisas –según dicen las guías turísticas–, allí parecía aquejada de una agradable somnolencia, como si nada de lo que ocurriera lejos de allí tuviera la más mínima importancia para nadie.

¿Y si fuese así? ¿Y si no hubiera nada que tuviera la más mínima importancia? ¿Y si lo único importante fueran el hidroavión y los cubanos que hablaban de béisbol y los niños que jugaban al fútbol en el parque? Porque mientras yo estaba allí, en el banco, viendo pasar a toda aquella gente y viendo los hangares portuarios que se levantaban en la otra orilla, en Queens, pensé que por fortuna no todo se reduce a la política y a las cosas que llenan los titulares y provocan discusiones y debates. Si uno mira a su alrededor, hay parejas que se besan en las esquinas, chicas que toman el sol en los parques, niños que ríen cuando van de la mano de sus padres. Y eso, de verdad, es mucho más importante que las discusiones interminables sobre los nombramientos de asesores o sobre la reforma de la Constitución. ¿O no?

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