La Mirilla

Infieles

27.08.2015 | 05:00

La exposición de los adúlteros suscritos a plataformas digitales no solo demuestra que todavía hay ingenuos convencidos de que internet garantiza la privacidad. En el caso de la agencia de intercambios sexuales Ashley Madison, se ha divulgado la identidad de 33 millones de infieles. Los delatores apelan a criterios morales, otro indicio de la degradación de la red y de su asfixiante conservadurismo. Aquí nos lo tomaremos a broma. Es decir, en serio. El adulterio es una opción dramática. Se engaña para sufrir, por lo que el mayor placer de una persona adúltera consiste en ser descubierta. Nadie se entrega a la infidelidad por pasión, sino por falta de ella. El tema favorito de conversación de los amantes no es el presunto frenesí que comparten, sino las características de las personas a las que creen estar engañando. Si nos ponemos estupendos, el adulterio radiografía el matrimonio que aparenta destruir. El valor sociológico de los archivos ahora públicos de Ashley Madison consistiría en averiguar cuántas parejas aportan a ambos miembros a la nómina de la plataforma. En un esbozo que dejamos planteado a futuros novelistas, un matrimonio se reencuentra en una web para adúlteros, y ve renacer el entusiasmo que habían perdido por la burocracia de la convivencia, ahora desde la balsa voluble de la infidelidad. La multiplicación de sospechosos que aventa internet nos permite aportar candidatos. La divulgación de los adúlteros de Ashley Madison surge por fuerza de ejecutivos de la propia empresa, ávidos por reactivar el flujo de una clientela que se basa en las tribulaciones de una hipotética revelación de identidad. El negocio precisaba de una sacudida, para evitar la proliferación de amantes que se comportan como parejas estables. El lema de Ashley Madison reza "La vida es corta, ten un lío". En efecto, los clientes se han metido en menudo lío, con sus teléfonos y direcciones al alcance de la humanidad entera. Su retrato íntimo detalla preferencias sexuales que escandalizarán a cualquiera que no haya leído Cincuenta sombras de Grey. La empresa cobraba veinte euros por el supuesto borrado del perfil de un cliente, compromiso no siempre materializado a juzgar por la labor de los hackers moralistas. El escándalo debe servir para recuperar el prestigio del adulterio, una rutina enojosa que se ha contagiado de lo peor del matrimonio. El atractivo del engaño no reside en el blindaje, sino en la inseguridad, como sabe cualquiera que no haya leído las peripecias de Ana Karenina, Emma Bovary o Ana Ozores.

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