Las cuentas de la vida

La vida ondulante

30.08.2015 | 05:00

La vida es ondulante», solía repetir de vez en cuando Josep Pla en sus notas y entrevistas. La cita, que pertenece a Michel de Montaigne, pretende reflejar el continuo movimiento de la Historia. Todo lo que sube baja; todo lo que baja, indefectiblemente, termina por volver a subir. Las modas van y vienen: se hinchan, adquieren protagonismo y desaparecen en las arenas movedizas del tiempo. Lo sólido, lo seguro, lo inmutable es ese dinamismo azaroso que garantiza años buenos y malos, esperanzas cumplidas y decepciones, alegrías y tristezas. En el humor político, social, sucede de un modo parecido. A finales del siglo pasado, el prestigio de la Transición alumbraba la democracia española. Los países de la Europa del este nos observaban con interés. Italia, recién salida de la Tangentópolis, se refería a España –así lo reflejaba la prensa– entre la admiración y la envidia. Felipe González recibió el premio Carlomagno y Aznar hablaba a diario con Bush y Blair. ¡Qué cosas! La burbuja inmobiliaria aceleró las transformaciones sociales y disparó el fracaso escolar, el endeudamiento, las obras públicas y la quiebra moral. Abundaban los nouveaux riches, los restaurantes de alta cocina, las cartas de aguas minerales y los Porsche Cayenne. Sin embargo, la vida ondula y todo acabó abruptamente. El prestigio de la clase política se derrumbó, las empresas entraron en suspensión de pagos y muchas familias perdieron sus casas al no poder pagar las hipotecas. El Estado tuvo que rescatar a las cajas de ahorro y a las autonomías, los impuestos se incrementaron, al igual que el déficit, la deuda, el paro y la pobreza. Llegó Rajoy con mayoría absoluta, para pasar a ser odiado casi de inmediato. Cataluña entró en modo separatista mientras se calmaban las ansías independentistas en el País Vasco. Con el derrumbe de los partidos de la estabilidad, surgieron nuevos movimientos políticos de carácter ciudadano. Los gobiernos autonómicos cambiaron de color, el petróleo entró en caída libre (al igual que el oro), un rey popular dejó de serlo y abdicó, otro llegó y mejoró la percepción sociológica de la Corona. Ahora la economía vuelve a crecer y se forman nuevas burbujas. El PP, maldito hasta ayer, asciende en las encuestas; Iglesias, arropado por Tsipras, cede posiciones. Nada se detiene: lo que hoy sube mañana baja y viceversa.

Algo similar ocurre estos días con la cotización de las bolsas mundiales, que alcanzó el lunes negro picos históricos de volatilidad, con caídas extremas en muchos valores. Los motivos, una vez más, tienen mucho que ver con la melodía del miedo: un ruido confuso en el que resuena el mantra de lo desconocido. Está Grecia, aunque Grecia ya no se sabe muy bien qué representa. Está la depreciación del petróleo (y la de las demás materias primas, por cierto), que beneficia a los importadores y quiebra a los exportadores. Está China, el gran emergente, aunque se ignora lo que se cuece en China, debido a la tradicional opacidad política y cultural del país. Está Corea del Norte, que celebra otra vez su coqueteo anual con la guerra frente a su vecino del sur. En realidad, lo más probable es que no suceda nada significativo y que lo que hoy cae mañana suba con la misma fuerza. Pueden transcurrir semanas, meses, o incluso un año en el peor de los casos, como en el de una recesión económica global. Cualquiera de estas hipótesis resulta plausible y cuenta con un mayor o menor grado de probabilidad. Pero lo único cierto es que eso también pasará, como pasan las burbujas, las crisis de credibilidad, las ilusiones y las esperanzas políticas, las épocas negras y blancas. La vida, sí, es ondulante y conviene recordarlo para estar preparados.

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