Aliquindoi

No hay derecho, Itziar

03.09.2015 | 05:00

Buscando coincidir con los días en los que por aquí tenía lugar una feria no exenta de polémica, marché hacia las tierras castellanas más viejas dispuesto a disfrutar de sus monumentos y tesoros artísticos religiosos, tanto más entrañables para mí por cuanto que la cíclica exposición las Edades del Hombre donde ahora se exhiben, gira en esta edición en torno a la figura de Santa Teresa de Jesús, bajo cuya advocación tradicionalmente se acoge el Colegio de Abogados de Málaga. Santa de cuya obra y figura me siento admirador. Tiempo para recrearse no solo en nuestra Historia pasada, sino en retazos de la Historia presente española, cual es el enterramiento en el claustro de la Catedral de Ávila de don Adolfo Suarez y su esposa, Duques de Suarez; en cuya lápida se ha grabado un epitafio, conmemorativo de su labor en la Presidencia del Gobierno y que espero siga teniendo rabiosa actualidad en la política española: «la concordia fue posible».

Seguir el itinerario teresiano supone acercarse a Salamanca la monumental, y no solo pasear por su armónica Plaza Mayor, concurridísima, sino visitar el monumental convento dominico de San Esteban; para admirar su preciosa fachada renacentista y plateresca y, sobre todo, rendir culto de devoción jurídica al padre del Derecho Internacional moderno y de la defensa de los derechos humanos: Francisco de Vitoria.

Ningún turista deambulaba por un claustro tan lleno de sabiduría, pese a los muchos que copaban el centro monumental. Nadie curioseaba la memoria de aquellos teólogos y juristas creadores de la docta escuela de Salamanca, que llegaron a cuestionar, en vida del Emperador Carlos, el Derecho de sus abuelos, los Reyes Católicos, a tomar posesión para la Corona de las tierras habitadas por los amerindios, recién descubiertas, como bien dejó escrito Vitoria en su «Doctrina sobre los Indios».

Francisco de Vitoria, adelantándose casi tres siglos a los principios de la Revolución Francesa, proclamó que los hombres no nacen esclavos, sino libres; y que por derecho natural, nadie es superior a los otros. Teorías que, sin embargo, el paso de la Historia ha hecho ceder la popularidad en el común de las gentes a favor de Fray Bartolomé de las Casas; pese a que su «Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias» fuera escrita más de diez años después. No es que sea inexistente la admiración del pueblo llano y soberano por tan insigne defensor de los derechos humanos, sino que es simplemente se desconoce su figura y obra. Y parejo a ese desconocimiento era la soledad en la que me encontré frente a la sobria losa que cubre sus restos. Me preguntaba qué harían nuestros vecinos franceses o italianos, y no digamos alemanes o ingleses, de haber tenido un personaje de esta talla. Por ello, aunque esté refiriéndome a juristas, he de emplear una frase de sentido equívoco pero totalmente elocuente: a este olvido no hay derecho.

Cuando así meditaba una vibración del teléfono móvil me auguraba, antes de descolgarlo, una trágica noticia, no por temida menos dolorosa. Tras una brevísima y despiadada enfermedad, acababa de fallecer una magnífica procesalista, una joven profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga. Una vida dedicada al estudio del derecho procesal comunitario ida en un soplo. Una fina jurista que encauzó sus investigaciones a ordenar las relaciones entre europeos. Una malagueña de las que hacen patria.

La comunidad científica agrupada en torno al mundo del Derecho aún no ha tenido tiempo de reaccionar, pues posiblemente el mismo día en que el lector reciba este artículo, se esté celebrando una misa funeral en su memoria. General estupefacción por el desconocimiento que había de su enfermedad. Tal ha sido su elegancia, que no quiso se divulgara su postración, impidiendo causar preocupación más allá del círculo de allegados a quienes no se les podía hurtar la luctuosa noticia.

Truncar una vida cuando emanaban a borbotones de su pluma los grandes conocimientos que había ido atesorando a lo largo de intensos años de estudio y sacrificios; anular de plano su plena disposición para ayudar a los demás, ya fueran alumnos o profesores, con sempiterna sonrisa por muy gravosa que fuera la tarea; obligarla a desprenderse desgarradoramente del amor, cariño y dedicación a sus tres hijos menores cuando más la necesitaban; desconsolar irremisiblemente a su joven esposo y a su estoica madre, tristemente curtida en las desgracias si es que eso se puede; privarnos a todos, en suma, de su presencia y el optimismo que transmitía en la flor de la vida, cuando no había alcanzado ni la madurez, es algo que la cruel y letal enfermedad no tenía que haber hecho. No se le ha permitido apurar sus plazos, como aspiramos los procesalistas. No tendría que haber llegado tan pronto su término vital.

Entiendo que los creyentes encuentran piadosa resignación en sus respectivas religiones, y los agnósticos, la fortaleza de sus propias convicciones fatales. Pero como jurista, acostumbrado a la aplicación de las leyes al caso concreto, me resisto y me rebelo ante una decisión tan injusta y extemporánea, emane de donde venga; y no puedo sino pensar que a ésta tu temprana muerte, queridísima Itziar, no hay Derecho.

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