El ruido y la furia

La cuna

Una cuna que se mece sola es la cosa más triste del mundo, no existe consuelo posible ante una cuna que se mece sola

04.09.2015 | 05:00

En algún sitio de Siria hay una cuna vacía meciéndose sola. Cuando yo era chico me prohibían mecer las cunas desocupadas porque, decían, convocaba la muerte del más pequeño de la casa. Ahora comprendo que una cuna que se mece sola es la cosa más triste del mundo y parece que invoca al diablo.

No existe consuelo posible ante una cuna que se mece sola, yerma, deshabitada, sucia de una incurable soledad. Cualquiera puede darse cuenta de que una cuna que se mece sola remeda el oleaje y sus demonios. Me pregunto cuántas cunas vacías habrá en la otra orilla, la orilla de los débiles, de los desamparados, de los castigados, y cuántas veces se habrán cambiado allí las sábanas de algodón por un sudario de agua.

En realidad, yo no puedo preguntarme muchas cosas porque situaciones como esas no las he vivido. Yo no he tenido que huir de mi casa, de mi ciudad, de mi país, dejando atrás una cuna que se mecía sola, porque el hambre y el terror me perseguían hasta el punto de hacerme pensar que era mejor echarme al agua en una patera medio podrida que quedarme y esperar a que todo mejorase. Yo no me he visto desesperado, con el miedo mordiéndome la nuca, sin saber qué hacer, cómo cuidar de los míos, qué darles de comer mañana. Yo no me he visto escapando de ningún sitio, fuego por detrás y mar por delante, y teniendo que elegir.

Yo no puedo preguntarme, como Miguel Hernández, «¿quién salvará a ese chiquillo?», al dueño de esa cuna huérfana, porque ya no hay salvación posible para él ni para nosotros, temporalmente estremecidos por la foto impactante de su cuerpecito «menor que un grano de avena», sin vida ya. Se llamaba Aylan y seguramente ya sabía decir su nombre y «contar sus años», quizás levantando tres dedos y una sonrisa tímida.

Ahora la cuna de Aylan se ha quedado vacía ya para siempre. Acumulará capas de polvo y olvido, porque así son siempre estas cosas, y probablemente todo seguirá igual, su muerte no habrá servido de mucho, no cambiará el mundo ni su destino ni su indiferencia. Mañana habrá nuevos afanes, otras pateras con vocación de sarcófago llevando desdichados hasta el fondo, otros niños muertos en la orilla, muchas más cunas meciendo la nada y cientos de miles de aylanes sin más remedio que intentar llegar a un mundo mejor, un mundo donde poder contar sus años, ir a la escuela, acercarse a la orilla solo para meter el mar entero en un cubito.

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