Porque hoy es sábado

Adiós en la playa

05.09.2015 | 05:00

Todo es niño en la playa. Pero no hay ni pelota hinchable ni crema protectora ni ese pañal de baño que aún llevan algunos críos de tres añitos cumplidos ni para él habrá vuelta al cole. No va a resultar fácil pasear por la playa temprano o al caer la tarde, cuando el rebalaje está más solo, mesada su arena por las olas suaves de septiembre, y no recordarle en la fotografía, como acostado al revés en la arena, con la cabeza hacia al mar y los pies hacia las toallas, sombrillas y gritos que ocuparán esa playa casi como si él no hubiera estado allí, tras haber muerto en el océano con su madre y su hermano cuando trataban de escapar de la muerte: Aylan, pequeño€

20 de diciembre

Mientras algunas conciencias, otras no, se llenan de inmigrantes, el titular de la semana era que las elecciones generales serán, «es probable» le ha dicho Rajoy a Carlos Herrera, el 20 de diciembre. Todos sabíamos ya que serían o el 13 o el 20, el titular, por tanto, habría sido una fecha bien distintas a ambas, pero necesitamos esos titulares supongo. O no. Juguetear sobre si iremos comiendo turrón a las urnas y toda esa zarandaja navideña sirve para rellenar, vale, pero las Generales van a ser unos comicios muy serios, y el resultante del mapa electoral quizá sea la confirmación de un tiempo nuevo. Lástima que el lastre nacionalista de las elecciones catalanas del próximo día 27 perturbará y condicionará en parte las cosas. Porque los extremos, y más los interesados o sentimentales, fomentan los extremos contrarios.

Tiburón y niño

Nos impacta sólo cuando alguien o algo nos pulsa ese clic que tenemos dentro. Todos sabíamos que había tiburones blancos pero nunca tuvimos miedo a meternos en el agua hasta que Spielberg estrenó Tiburón hace 40 años (este jueves se proyectó bajo las estrellas en la plaza de toros de Málaga, inaugurando el ciclo La Edad de Oro del Festival de cine). Todos sabemos que mueren niños a diario en el océano, y les vemos enganchados a sus padres intentando subirse a esos trenes en Hungría camino de Alemania, y les vemos en los bombardeos en Siria como muñecos llenos de polvo en medio de esa guerra inexplicada y no evitada, y convertidos en niños soldados, y con sus barriguitas infladas de niños hambrientos, y les vimos solos y harapientos en una calle de Liberia buscando un adulto que les protegiese hasta morir infectados de Ébola, y vendidos, abusados, maltratados€, pero no ha sido hasta ver la foto de Aylan muerto en la playa cuando hemos caído en la cuenta de que la despiadada tragedia de ver morir o sufrir a un niño, sobre todo cuando podríamos evitarlo, es la más grande de las tragedias humanas.

Hay esperanza

La esperanza, sin embargo, sobrevuela la oscuridad como las águilas del mago Gandalf en las novelas de Tolkien. «Quien salva una vida salva al mundo», le decía el personaje de Ben Kingsley a Lian Neeson en el final de La Lista de Schindler, recordando una frase del Talmud hebreo. Familias en Alemania, algunas de emigrantes españoles, están acogiendo refugiados en sus propias casas. Hay alcaldes y alcaldes, y algunos están poniendo polideportivos e infraestructuras municipales al servicio de quienes necesitan acogida en esta marea de caminantes que huyen del horror permitido para venir a una Europa que falla siempre en su todo por las partes, los intereses electorales de quienes gobiernan cada uno de sus estados. Y es que también hay presidentes y presidentes, aunque todos hayan sido votados. Las palabras del ultraconservador presidente húngaro, Viktor Orban, el rictus tenso, casi de amenaza en su cara, diciéndoles a los inmigrantes que se queden en Turquía y no vengan, exceden con mucho de la respuesta responsable ante una avalancha humanitaria que debe dar un gobernante europeo.

Solidaridad ya

Toca arremangarse, pero no para recoger más niños de la playa sino para acogerles y organizar su tránsito y el de sus padres lo mejor posible. Vivimos más aburridos de lo que pensamos. Sólo el dolor nos hace comprender en ocasiones qué significa estar vivo y entender a quienes sufrían antes que nosotros. Una solidaridad organizada nos hará crecer por dentro, ser más fuertes, no más pobres. Y es en este momento en Europa cuando toca comprobarlo y salir de esa inercia que avejenta a la población no sólo por su crecimiento vegetativo, sino por su tendencia a vegetar en su relativamente cómoda y estable rutina consumista.

Alejandro

La película de quienes ya llegan caminando a nuestras fronteras no puede ser The walking dead. Ni podemos convertirnos en defensores de quienes no vienen a robarnos atacándoles, por ejemplo, votando a gente como Orban. Europa no iba a ser eso. Si el desaparecido profesor de Derecho Internacional Alejandro Rodríguez Carrión, el gran soñador de la Europa de los valores, viera esto, no dudaría lo que hay que hacer€ Porque hoy es sábado.

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