La señal

La caza

06.09.2015 | 05:00

Carlos Saura se atrevió a dirigir La caza allá por 1965, y Angelino Fons le ayudó a escribirla. Me impactó en su momento y la tengo guardada en casa, pero no quiero volver a verla. José, Paco y Luis se reúnen en un pueblo de Castilla para cazar conejos. Aquel paraje coincide con un antiguo campo de batalla en el que los tres combatieron. He recordado esta película a propósito de la cacería que se ha reanudado contra el PP por su intención de reformar mediante una proposición de ley el Tribunal Constitucional para inhabilitar a Mas, quien juró defender las leyes. Me parece muy correcto que se sancione a quienes incumplen sentencias y resoluciones, ¿podría ser de otro modo?, en democracia, digo. El sentido común está desapareciendo. Es un buen momento, como apuntaba José Manuel García-Margallo, para retratarse: aquí los que quieren que las leyes se cumplan, allá los que no, con toda clase de excusas, eso sí. Es cierto que debía haberse reformado antes la ley –pero no solo por PP, sino por PSOE, que también ha gobernado–, es cierto que se hace ahora en vísperas electorales, pero también es verdad que muchas veces son los acontecimientos los que crean la necesidad de las reformas y ahora que se espera un choque de trenes y te das cuenta que necesitas frenos pues tu obligación es instalarlos. ¿Cuál es el método científico?, prueba y error, pues eso.

En esto, regresaba de Marbella cuando veo en la nacional 340 un BMW pequeño azul oscuro en un camión grúa y escoltado por un vehículo de la Guardia Civil. Recuerdo la cara del guardia que conducía, barba recortada. El coche que se trasladaba a la Comandancia había sido encontrado el lunes en una urbanización de Mijas repleto de armamento y explosivos. Se apreciaban los polvos blancos en las puertas y cristales que ayudarían a encontrar huellas en la exploración lofoscópica. No llevaba matrícula. Posiblemente, el arsenal pertenezca al crimen organizado pero en una reciente cena en Antoxo (Torremolinos) –qué bien nos atendió Juan– nos preguntábamos por qué los yihadistas no han atentado aún en España y sí en Francia, por ejemplo, allí que hay miles de soldados en las calles en prevención de ataques. ¿Y las repercusiones sobre nuestro turismo?, porque estos cabrones han hundido Túnez con los atentados del Museo Nacional del Bardo y las playas. La respuesta sencilla es que no pueden, que nuestra Policía y Guardia Civil y el CNI están atentos y, de hecho, se detienen células. Ya. Pero hay algo más. En cualquier caso, volviendo a la carretera y sin apartar la vista del coche transportado en aquella grúa blanca pensaba en cuantos secretos esconden tantas urbanizaciones de la Costa, sobre todo algunas. Recuerdo cómo un fino cable con objetivo angular –como si practicara una colonoscopia– encontraba armamento en un trastero de Fuengirola, pero además encontró otra cosa, bueno, sólo un nombre, un precioso nombre. Pasado, presente y futuro.

Hay hechos más gozosos, como la inauguración de Pabletes –Compositor Lehmberg Ruiz-, una peluquería especializada en niños por la tarde y en mamás por la mañana. Mi amiga Verónica Martínez va a triunfar. Ya le toca. Mientras, nos azota el viento en la terraza del Malaga Palace. Otra buena amiga, la secretaria general de Hostelería de CCOO, Lola Villalba, escucha atentamente. Un pequeño velero entra por la bocana y me trae a Lawrence Durrell, que solía decir que Alejandría – y mi duda es si Málaga– era un lugar para despedidas dramáticas, decisiones irrevocables y últimos pensamientos. «Aquí todo el mundo –escribía– se siente empujado hacia el extremo. La gente se vuelve monje o hedonista o solitaria sin una palabra de advertencia. La ciudad no hace nada. No escuchas nada salvo el ruido del mar y los ecos de una historia extraordinaria». Regreso del viaje in memoriam y parto de nuevo, ahora con William Blake –no hay que perderse la magnífica edición de Libros proféticos I, de Atalanta–, que escribió hace ya algún tiempo (casi doscientos años):

Al jardín del amor yo me introduje
y miré lo que nunca había visto:
en su centro erigida una capilla
donde jugar solía entre la yerba.
Y sus rejas estaban clausuradas
y el mandato en su puerta;
al jardín del amor entré de nuevo,
adornado con tantas dulces flores,
y colmado lo vi de sepulturas,
en vez de estar con flores alfombrado,
y clérigos de negro lo cruzaban
anudando con zarzas mis anhelos.

cima@cimamalaga.com

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