Cuaderno de bitácora

Las cosas de Paco

06.09.2015 | 05:00

Todo empezó la noche electoral del 24 de mayo. Durante unas horas Francisco de la Torre, el alcalde de las mayorías aplastantes, se vio sentado en el banco de la oposición. Ya había digerido el revolcón de las urnas que se avecinaba y su único pensamiento a medida que avanzaba el escrutinio era alcanzar esos treces concejales que le permitieran negociar su investidura con Ciudadanos. Pasaban los minutos y las mesas electorales seguían escupiendo papeletas, pero el PP no se movía de los doce concejales que los mandarían a la oposición pese a que se agarraban a esa regla no escrita de que existe una tendencia estadística que a mayor voto escrutado más apoyos recibe el partido ganador. El PP de Málaga vivía en directo su mayor catástrofe electoral. Sólo faltaba un cámara de Discovery Max para grabar la debacle. Los datos de los grandes municipios costeros diagnosticaban además las pérdidas de las principales alcaldías y una chapuza del gobierno provocó que no se conocieran los resultados oficiales de la Diputación. Todo salía mal hasta que en el último suspiro de la noche De la Torre salvó la alcaldía de Málaga, pero ya nada sería igual, por el camino se dejó parte de su crédito político y la coraza de la mayoría absoluta que le hacía inmune ante cualquier adversidad interna y externa. Francisco de la Torre era intocable hasta entonces y ahora empezaba su último mandato en franca debilidad y las consecuencias no han tardado en llegar.

Francisco de la Torre nunca ha sido un hombre muy dado al partido. Siempre ha ido por libre y no ha tenido reparos en opinar sobre temas de actualidad sin haber mirado antes las consignas del partido. Él tiene su propio argumentario y así ha funcionado desde que se encontró con la alcaldía en 2000 con la marcha de Celia Villalobos a Madrid. Nunca le ha interesado cultivar la vida orgánica –se refugia en que no tiene tiempo–, pues su vigor electoral le daba suficiente autonomía para hacer y deshacer equipos en el Ayuntamiento de Málaga sin que el partido tuviera mucho margen de maniobra. Lo hizo ya recién aterrizado, relegando a concejales afines a Villalobos y logró apartar al entonces presidente Joaquín Ramírez en dos ocasiones. En una de ellas le pidió incluso públicamente que no compaginara el cargo de concejal y de senador, escaño que él mismo solicitó cuando el partido le descabalgó de la carrera para presidir la Federación Española de Municipios y Provincias. Durante años devoró a todos los delfines que los medios de comunicación señalaban y desde la distancia parecía que disfrutaba viéndolos pelear por un sillón que no estaba dispuesto a soltar. Eran los tiempos de las mayorías absolutas. Pero la noche del 24 de mayo todo lo cambió.

Francisco de la Torre se enfrenta a un mandato difícil por la complejidad de negociar con un partido como Ciudadanos que carece de experiencia municipal, pero se ha empeñado en complicarse aún más la vida al abrir un fuego cruzado con el presidente de la Diputación y del PP de Málaga, Elías Bendodo, al que casi responsabilizó de la pérdida de seis concejales al asegurar en una entrevista que «hubiera sido mejor que Bendodo hubiese ido en otro puesto, no en el número 2; parecía que estaba detrás de la puerta para pasar». Eso sí, matizó que lo dijo con todo cariño y afecto hacia el presidente del partido pero ahí quedó la primera de las cargas de profundidad cuyo alcance está aún por llegar. Sabe que en esta nueva aventura ya no tiene nada que perder, sólo esperar a que llegue el tiempo en que se produzca el relevo al frente de la alcaldía de Málaga. Y mientras que llegue ha decidido ejercer aun más la autonomía política de la que siempre ha hecho gala y ya no disimula el distanciamiento que existe con la dirección del partido. Cuando se refiere al presidente del PP emplea un tono neutro, frío, sin ninguna algarabía o margen para que la opinión pública confunda el mensaje. De la Torre siempre ha tenido la habilidad de decir las cosas pero sin decirlas para dejar ese espacio donde entra la interpretación, el matiz. Ahora no. Ahora dice lo que piensa en voz alta y sin metabolizar, sin anestesia.

Pero la paciencia de Bendodo tiene sus límites. Al partido no le gustó demasiado la forma en la que gestionó el pacto de investidura con Ciudadanos, la inclusión de la famosa cláusula que establece que el alcalde debe estar los cuatro años en el cargo o que para defender los sueldos de los gerentes de las empresas municipales cediera ante Juan Cassá para que los directores de distrito no sean cargos políticos a partir del 31 de diciembre, unos puestos donde el PP solía foguear a su cantera antes de que dieran el salto a la primera fila. Bendodo, que siempre se ha mantenido distante sobre los proyectos de Málaga ciudad, ha empezado a opinar sobre proyectos como los Baños del Carmen, los directores de distrito... y no siempre casa su visión con la del alcalde.

Este matrimonio de conveniencia va camino de un explosivo divorcio y la frase calculada de Elías Bendodo (y repetida una y mil veces en el partido): «¿Qué quieren que les diga? Son las cosas de Paco» anuncia el principio del fin cuando no han transcurrido ni unos meses de las pasadas municipales.

El PP de Málaga tiene un problema. Francisco de la Torre tiene un problema. Elías Bendodo tiene más de un problema. El debate de la sucesión les perseguirá durante todo este mandato si no son capaces de cerrarlo o aplazarlo de forma definitiva.

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