Las siete esquinas

Kobane

06.09.2015 | 05:00

Hace unos meses, vi un documental en televisión sobre dos voluntarios españoles que luchaban con los kurdos en Kobane, en el norte de Siria, justo al lado de la frontera turca. Por entonces, Kobane –o Kobani, ya que también se escribe así– estaba sitiada por los yihadistas del Califato Islámico, y unos pocos guerrilleros kurdos, con la ayuda de unos pocos chiflados como esos dos españoles (y otros voluntarios occidentales), intentaban impedir que los yihadistas se hicieran con el control de la ciudad. Por lo que se veía en el documental, la ciudad de Kobane era un montón de ruinas, y las pocas casas que quedaban en pie sólo servían de refugio para los francotiradores kurdos que intentaban detener el avance de los yihadistas. En un momento dado, el periodista le preguntó a uno de los dos españoles por qué estaba luchando allí, y el hombre, que tenía el rostro cubierto con un pasamontañas porque lo que estaba haciendo en Siria era un acto ilegal –de hecho, lo detuvieron durante unos días cuando regresó a España–, contestó que él era comunista e internacionalista, y que por eso estaba allí, luchando con los kurdos. Según creo, ese hombre y su compañero también habían estado en Ucrania luchando al lado de los prorrusos contra el ejército nacional ucraniano. Lo que hicieron y lo que vivieron allí, eso no lo sabemos.

El voluntario que salió en el documental llevaba en el uniforme una insignia republicana y también un emblema con la hoz y un martillo. No sé hasta qué punto era sincero en lo que decía sobre sus ideas políticas, que quizá sólo camuflaban el deseo de luchar con un arma en la mano y de hacer barbaridades o al menos vivir experiencias «fuertes» (extremas, se dice ahora), pero nadie podría negar que aquel tipo y su compañero estaban haciendo algo que muy pocos de nosotros nos habríamos atrevido a hacer. El periodista le preguntó si tenía miedo de caer en manos de los yihadistas, y el hombre no pestañeó: «No, no tengo miedo, porque sé muy bien lo que tengo que hacer. No me cogerán vivo». En otra persona esta frase podría sonar a simple retórica hueca. Pero en su caso parecía muy convencido de lo que decía. Jamás se dejaría atrapar vivo por sus enemigos.

Aylan Kurdi, el niño kurdo que se ahogó en una playa turca cuando intentaba llegar en bote a una isla griega –en un naufragio en el que también se ahogaron su madre y sus hermanos–, era de Kobane, la ciudad destruida en la guerra con los yihadistas. Ahora todo el mundo lo está llorando, y a estas horas ya es «hashtag viral» y todas esas cosas que tanto nos gustan, y ya se han escrito miles de comentarios como éste en los que se habla de «aldabonazo» y de «conciencia anestesiada» y de «muerte dramática» y blablablá, pero me pregunto si tenemos derecho –empezando por mí mismo– a hablar de ese niño ahogado en la playa de Bodrum. Si lo pensamos bien, en nuestro país sólo hay dos personas que pueden estar autorizadas a hablar de él, y son esos dos voluntarios que estuvieron luchando en su ciudad, en Kobane, pelados de frío y comidos por los piojos. Porque sólo ellos intentaron defenderlo de unos psicópatas religiosos que no tendrían ningún problema en hacerlos picadillo si cayesen en sus manos, y lo que es peor, frente a una cámara de vídeo que difundiera su suplicio –quemados, degollados, crucificados– por todos los rincones del mundo. Las cosas son así. Ellos dos, esos dos voluntarios cuyo nombre desconocemos, se atrevieron a hacer algo por la ciudad de Kobane, fueran cuales fuesen las razones que los llevaron allí. Y los demás no hemos hecho nada. Nada.

Ahora ya hay gente que dice que los culpables de la muerte de ese niño son el gobierno de Canadá –que no concedió un visado a la familia– o los gobiernos europeos que han cerrado las fronteras. Pero como siempre, cegados por el peor sentimentalismo político, estamos olvidando la verdad. Los verdaderos culpables no son el gobierno canadiense o los gobiernos europeos –de hecho, muchos de los inmigrantes sirios gritaban «¡Alemania, Alemania!» cuando la policía húngara los apaleaba en la frontera–, sino los psicópatas religiosos que están sitiando Kobane y que han destruido ya los monumentos de Palmira y que quieren imponer a sangre y fuego un modo de vida que sólo puede complacer a un demente (o a alguien devorado por un odio y un resentimiento de raíz puramente psicótica). Ésta es la triste verdad de la historia de Aylan Kurdi. Y no hay otra.

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