La mirilla

¡Qué suerte la mía!

07.09.2015 | 01:56

Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, viendo un telediario cualquiera de cualquier cadena de televisión. Las noticias me abren las carnes: el éxodo de Siria, la desesperación de miles de personas por llegar a una Europa, que hasta hace unas pocas semanas miraba para otro lado. Las carencias de Venezuela, las peleas por hacerse con el último litro de leche que queda en el supermercado, con estanterías esquilmadas. Un huracán azota las costas de la República Dominicana, una tierra acostumbrada a las catástrofes naturales... Y veo a mi hija jugar tranquila en el suelo del salón, afortunadamente ajena a cualquier desgracia. Hace un puzzle y me pide que le ayude. No se me ocurre hacer nada mejor en ese momento. De hecho, nunca hay nada mejor que hacer que estar con ella. Ya no es un día cualquiera. Fue el miércoles. Una foto nos azota. Una imagen sacude las conciencias que hasta ahora parecían dormidas, interesadamente traspuestas. Refleja el horror de una guerra que lleva años asesinando. Luego supimos que se llamaba Aylan. Un pequeño de apenas tres años yace muerto en una playa turca. Ahogado. Y me acuerdo otra vez de mi hija, que con su misma edad lo que hace en la orilla es jugar con su cubo y su pala a hacer castillos de arena. ¡Qué mazazo! Pero, en el fondo, pienso: ¡Qué suerte la mía! Al fin y al cabo, el lugar donde Dios elige que nazcas puede condicionar toda tu vida. Y la vida en la sociedad occidental, con su crisis, su paro, sus rebajas salariales y sus subidas de impuestos, que a nadie gusta, no deja de ser un paraíso para quienes huyen de la barbarie, del totalitarismo, del radicalismo y de la matanza. Nadie embarca a sus hijos en un bote y se echa a la mar, con todo el riesgo que esta aventura hacia la supervivencia supone, si no estuviera seguro de que quedarse en casa, en su país, es aún más peligroso. Y ahora nos toca a nosotros, al primer mundo, dar una respuesta adecuada. Dar la talla. Afrontar nuestra responsabilidad y quitarnos la venda que durante años hemos tenido para esconder los crímenes contra la humanidad cometidos por el Estado Islámico, las crucifixiones de cristianos, las decapitaciones, los asaltos... Que veíamos tan lejos y cuyas consecuencias llaman ahora a nuestras puertas. Acojamos a estos refugiados con el cariño y respeto que se merecen, como hicieron con nosotros en la Guerra Civil, cuando muchos españoles, por el solo hecho de tener ideas diferentes, con su pobre maleta de cartón tuvieron que cruzar los Pirineos o el Atlántico y decir adiós a su patria querida, como cantaba Juanito Valderrama. Que la memoria es frágil y se acomoda. Y que los Gobiernos no solo se pongan de acuerdo en el reparto de cuotas; también en dar solución a este conflicto cortándolo de raíz, en el origen, para que todos los que ya llegan en trenes o todavía esperan hacinados tras las concertinas puedan volver a sus casas cuanto antes, como desean, y tener una nueva oportunidad, juntos y felices.

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