Impresiones

Tesoros ocultos

07.09.2015 | 05:00

Me parece fascinante la noticia de que se busca un tren alemán lleno de oro y obras de arte que los nazis habrían escondido dentro un dédalo de túneles secretos excavados en montañas próximas a Walbrych, ciudad que hasta 1945 estaba en territorio alemán y hoy forma parte de Polonia. Su existencia se habría descubierto gracias a un plano dibujado «por una persona antes de morir» y uno piensa que en la antigüedad se hacían las cosas con más profesionalidad y se asesinaba directamente a quienes escondían los tesoros, sellaban las tumbas de los faraones o construían el túmulo de Genghis Khan, por señalar algunos casos bien conocidos. Por eso aún hoy hoy no se ha encontrado ni la tumba de Temujín ni la de Nefertiti y si la noticia del plano es cierta, lo menos que cabe decir es que los nazis eran también unos chapuzas. El ministro polaco de Cultura, Zuchowski, ha dado verosimilitud a una noticia que en caso contrario habría pasado desapercibida como otra serpiente de verano.

Desde la más remota antigüedad hemos buscado tesoros como si no fuera con nosotros la máxima budista de desprenderse de todo deseo para alcanzar la felicidad (nirvana) y por eso jugamos a la lotería, la ruleta o el bingo, que alimentan nuestros sueños de llegar sin apreturas a fin de mes o navegar en esos yates fabulosos donde veranean los ricos de verdad. En épocas pasadas los tesoros más codiciados eran los que ofrecían sabiduría (conócete a ti mismo) o poderes extraordinarios. El conquistador Juan Ponce de León descubrió la Florida en 1513 mientras buscaba la fuente que otorgaba la eterna juventud (hoy hay una como atracción turística en la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos), algo sin duda más atractivo que dar a cambio tu alma como le ocurrió al Fausto de Goethe, o enloquecer mientras te mantienes joven y ves envejecer tu propio retrato como le pasaba al Dorian Grey de Oscar Wilde. Es forzoso reconocer que esos eran tesoros de verdad, como también lo eran el Santo Grial, cuya búsqueda inspiró toda el ciclo artúrico de la Tabla Redonda, o el Arca de la Alianza que guarda las Tablas de la Ley entregadas por Dios a Moisés en el Sinaí, una épica con la que nos ha familiarizado Harrison Ford disfrazado de Indiana Jones. El Arca, que la Biblia escribe con detalle, estaba en el templo de Salomón y tenía enormes poderes como parar ríos o derribar murallas.

Pero el ansia de riquezas materiales nunca nos abandonó y así otro conquistador, Juan de Oñate, anduvo buscando las míticas siete ciudades de Cíbola por los secarrales de Nuevo Mexico con la esperanza de toparse un día con sus tejados de oro, mientras otros se dedicaban a la alquimia con la ilusión de lograr la piedra filosofal que trasmutaba metales vulgares en oro y convertía a su afortunado propietario en un nuevo Creso. A su búsqueda se dedicaron gentes tan dispares como nuestro marqués de Villena, Casanova y el propio Newton cuando no le caían manzanas encima. Hoy se buscan los tesoros de galeones como el San José, que se fue a pique tras zarpar de Cartagena de Indias en 1708, o el Nuestra Señora de Atocha, hundido frente a los Cayos de Florida en 1622. Recientemente España ha recuperado el tesoro expoliado por unos cazatesoros americanos en el pecio de la fragata Mercedes, hundida frente a Cádiz en 1804. Los relatos de las Mil y una noches están llenos de historias de genios y cuevas con tesoros, mientras en México se dice que Moctezuma escondió enormes riquezas para que no cayeran en manos de Hernán Cortés, y en Colombia se buscan los tesoros ofrecidos al dios de las aguas sumergidos en el lago Guatavita. También los piratas del Caribe escondían los productos de sus robos en islas desiertas excitando la imaginación popular con figuras como el Long John Silver de Stevenson, o con las películas de John Sparrow, interpretado por Johnny Depp. Algunos más reales, como el Capitán Kidd, fueron a la horca sin revelar el escondite de sus riquezas que deben seguir hoy ocultas en alguna cueva.

En esto de los tesoros las apariencias engañan y no hay que fiarse porque es frecuente que estén protegidos por monstruos y encantamientos diversos. Los tesoros de Apolo los guardaban los grifos, seres mitológicos mitad león y mitad águila que también vigilaban el vino de Dionisos y que sin duda acabaron emborrachándose porque relajaron su vigilancia hasta permitir que Nerón robara los tesoros que custodiaban en el oráculo de Delfos. En Roma el Tesoro Público se guardaba en el templo de Saturno porque se creía que en su época dorada no se cometían robos, cuando han sido consustanciales con la especie humana desde que Adan robó la manzana. Nuestro romancero está lleno de castas doncellas (el tesoro) secuestradas por pérfidos dragones que el esforzado caballero debía matar antes de rescatarlas. En las Rondaies mallorquinas, que mi amigo Guillermo Ozonas conoce como nadie, hay muchos cuentos de tesoros que vigilaban con celo serpientes (Es tresó de ses cases d´Aufabi) o feroces gigantes (Es tres germáns i es nou gegants). Por eso me escama lo de este tren nazi conociendo a Himmler y a Goering. Seguro que pusieron alguna trampa mortal para evitar que nadie se apoderase de lo que ellos robaron a quienes acababan de asesinar. Total, un par de muertos más o menos no va a sacarles del infierno.

*Jorge Dezcállar es embajador de España en EEUU

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