En solo 725 palabras...

Pichurri, el metáforo

09.09.2015 | 05:00

Mi mujer y yo pasamos ayer el día en el hospital; ella en el papel de sufriente, yo en el de sufriente-consorte. Mientras ella ejercía en el quirófano yo me dediqué a perseguirme por mis adentros. ¡Joder, cómo corro! Tras de mí mismo andaba, cuando, de pronto, en un cambio de rasante de mi caletre, ¡blum...!, choqué de frente con un metáforo. Además esdrújulo, tú... Ambos nos disculpamos por el tropiezo y él, además, amablemente, aprovechó para indicarme que en la dirección que yo iba nunca pasaba nada; que sería mejor que cambiara de rumbo si quería tener alguna posibilidad de encontrarme con alguien, aunque fuera conmigo mismo.

–¿Y cuál es el sitio en estos casos...?– pregunté.

–Sígueme, quizá yo sea la corriente del río que te lleva– me contestó, con el inconfundible desparpajo afiligranado de los metáforos.

Y yo lo seguí. Y me llevó por recovecos y recodos y meandros de mi intelecto que frecuento poco. Y, finalmente, llegamos. Y con sonrisa bribona, mientras me cedía educadamente el paso, me dijo:

–Pasa, adentro ocurren cosas turísticas, y el tiempo y la vida que pueden ser vistos...

Y yo abrí la puerta y entré. Y a la entrada estaban la mitad de los habitantes del globo. Y al fondo la otra mitad. Y cuando la multitud se movía, me movía con ella, sin poder evitarlo. Y me encontré con grupos de individuos arracimados, unos por las derechas y otros por las izquierdas, que me pretendían. Y con gentes unidas por las circunstancias, que se juntaban en función de ser de arriba o de abajo, independientemente de que tanto en los de arriba como en los de abajo había gentes de izquierdas y gentes de derechas, que me pretendían. Y con grupúsculos liliputienses de sabios, que vivían mucho más allá de este mundo, que me pretendían. Y con ingentes manadas de trepas civiles y militares y laicos y religiosos, que no eran de ningún sitio distinto de aquel donde está la (€)ubre, que me pretendían. Allí había de todo; por haber hasta había un grupo de gente unida por la discriminación; era un grupo variopinto, compuesto por taxistos, pilotas, policíos, robotas, alpinistos, testigas, periodistos, modelas, logopedos, conserjas, pediatros, orfebras, ascensoristos, militaras, electricistos..., que me pretendían. De la peña de los discriminados parecía no faltar nadie, y, entre todos, destacaba un señor calvo y bajito y panzudo, de mediana edad, al que todos escuchaban embelesados mientras proclamaba con brío que él era lesbiano y que reclamaba el derecho a la libertad de serlo y de ser reconocido, que también me pretendía.

Y me engolfé con la situación. Y dejé las entendederas abiertas de par en par, intentando entender qué estaba pasando allí y qué quiso decir el metáforo con lo de «cosas turísticas». Y el metáforo reapareció y me contó que él era un metáforo de rancio abolengo; que era el heredero de la experiencia metafórica de más de ciento tres generaciones de origen sufí; que su nombre real era Wali, y que me invitaba a llamarlo Pichurri, que es como lo llamaban en El Borge, donde vivió de chaval, y como le gusta que lo llamen sus amigos.

Y yo me quedé como el rey de Torrente Ballester, pasmado. Pasmado por aquel sitio y pasmado por lo de Pichurri, el metáforo. Y en mi pasmo estaba cuando Pichurri, echándome el brazo por los hombros, me propuso avanzar hacia una apartada esquina situada en alto. Y ahí dudé:
–¡Oh, oh, ya veremos si lo de Pichurri y la confianza no tiene otro nombre y otra intención...

Pero no, por ahí no iba la cosa. Pichurri solo buscaba un otero desde donde ver todo el lugar. Y desde allí me señaló todo el recinto. Y fue directo:

–Esa es la metáfora del turismo moderno– dijo.

Y me pasmé otra vez. Y no entendí nada... Y apareció la cirujana y no tuve más remedio que recomponerme y entregarme de lleno a la vida de afuera. Y supe que mi mujer había sido otra vez una heroína, como siempre. Y aún hoy sigo intrigado por la escena vivida y por su relación con el turismo...

Un poner: ¿será que todos los destinos turísticos pretendemos al mismo y que, además, poquito a poco hemos conseguido fabricar más oferta que capacidad de respuesta tienen los mercados emisores...?

¡Mira que si fuera eso...

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