Las cuentas de la vida

El vínculo americano

11.09.2015 | 05:00

Hombre de gestos, Francisco sigue empeñado en lanzar su particular campaña para lavar la imagen de la Iglesia Católica. Y la próxima singladura le conduce a los Estados Unidos, con parada previa en Cuba. Algunos vaticanistas, deseosos de establecer paralelismos, se han aprestado a sugerir un vínculo claro de intereses entre Bergoglio y Obama, similar al que a principios de los ochenta hubo entre Juan Pablo II y Ronald Reagan.

Por aquellos años, el Vaticano y Washington lograron éxitos notables actuando conjuntamente como un eje de presión sobre el Telón de Acero, que empezaba a resquebrajarse. Juan Pablo II fue un pontífice eminentemente político, carismático y conservador, capaz de movilizar a las masas de creyentes y –en el caso polaco– también nacionales.

Tras Wojtyla, llegó a la sede de Pedro un teólogo bávaro, Joseph Ratzinger, cuya estrategia de actuación era radicalmente opuesta a la de su predecesor. «Menos política y más Evangelio», se cuenta que recomendó en alguna ocasión el Papa alemán; una expresión ajustada a su idea de que las minorías creativas constituirán el fermento del catolicismo. Si Juan Pablo II creía en el poder de las masas, Benedicto XVI auguraba un futuro desesperanzador a corto y medio plazo para el catolicismo. Acorde con su tesis central, le preocupaba preservar la identidad cristiana en una época definida por el relativismo cultural de Occidente.

La demoscopia, los movimientos populares, el peso de la política pasaron con él a un segundo plano. Prevalecía el debate de las ideas sobre la actuación de la diplomacia vaticana. De hecho, su gesto diplomático de mayor envergadura fue un polémico discurso pronunciado en la universidad de Ratisbona y que abrió, después de un fuerte rechazo inicial, un profundo debate con los principales muftíes e imanes del mundo musulmán. Si este diálogo resultó fructífero o no, el tiempo lo dirá. Pero Benedicto XVI no fue un Papa interesado en la política ni en sus efectos. Su mirada se dirigía hacia otro lugar.

Esta indiferencia por la política cambió de nuevo con la proclamación de Francisco, el primer papa jesuita –aunque notoriamente distanciado de su orden– y el primer Papa hispanoamericano. No sabemos si en este caso debemos subrayar más su condición de hijo de San Ignacio o su nacionalidad, aunque quizás la clave sea más bien un tipo de sentimentalidad cercana al peronismo. Perón gobernó en Argentina durante diez años; no obstante, su cultura política se ha extendido en el tiempo hasta sustanciar una forma determinada de populismo.

¿Podemos considerar a Francisco un Papa radical, como señala su biógrafo inglés Austen Ivereigh, o tal vez prima en él una audaz vertiente latinoamericana del populismo? Es pronto para saberlo. Conservador en los hechos y provocador en las palabras, de gestualidad inesperada y eficiente, Francisco ha recuperado el protagonismo político que caracterizó el pontificado de Karol Wojtyla. Y esa estrategia se sustenta, en palabras del propio Bergoglio, sobre las tres tes: tierra, tejado y trabajo; o, lo que es lo mismo, un planeta ecológicamente sostenible y en paz, en el que cada persona pueda disponer de un hogar y de un trabajo dignos.

Su papel como mediador en Cuba o, más recientemente, al frente de la ayuda a los refugiados –que le ha llevado a exigir que cada parroquia acoja a una familia– apuntarían en esa dirección. A pesar de las desconfianzas iniciales, con su viaje a los EEUU, Bergoglio afianza su acercamiento estratégico a Barack Obama. Al menos, en algunos temas clave: de la mediación por la paz en el conflicto palestino- israelí a la protección de las minorías aplastadas por el Estado Islámico, del nuevo acuerdo global por el medio ambiente a la reivindicación de la diplomacia como instrumento fundamental de la justicia. Que este acercamiento entre los dos mandatarios resulta más coyuntural que estructural –frente al que establecieron, por ejemplo, Reagan y Juan Pablo II hace tres décadas– salta a la vista, pero ello no excluye la coincidencia de intereses.

Desde los Estados Unidos, Francisco pretende mandar un mensaje universal, más allá de credos y nacionalidades. Si la política es el arte de la equidistancia y del trabajo en común, el presidente negro y el papa hispanoamericano se dirigirán a las periferias del mundo con un gesto nítido y un mensaje claro. Se trata de un hecho casi sin precedentes.

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