360 grados

Empleabilidad

12.09.2015 | 05:00

Me imagino que recordarán muchos lectores cómo, al inicio de la crisis y conforme aumentaban las cifras del desempleo, hoy en niveles escandalosos, se comenzó a hablar entre nosotros de «flexibilidad laboral».

Era claramente un eufemismo que pretendía darnos a entender que no era tan grave lo que nos estaba ocurriendo, pues cada crisis ofrecía una oportunidad. Bastaba con ser imaginativos y reinventarse cuantas veces fuera necesario.

Se buscaba en efecto convencernos de que no había cosa más aburrida que dedicar toda la vida a la misma empresa con el único horizonte de los eventuales ascensos.

No se trataba, claro está, de esa utopía descrita por Marx de una sociedad por venir en la que el hombre podría dedicarse por la mañana a pescar, a cazar por la tarde, apacentar por la noche el ganado y ejercer la crítica después de la cena... sin llegar por ello a ser pescador, cazador o crítico.

Ni tampoco de la predicción del británico John Maynard Keynes de que, para cuando sus nietos se hicieran mayores, el aumento de la productividad habría alcanzado tal grado que les bastaría muy poco trabajo para satisfacer sus necesidades.

Por primera vez desde su creación, escribió Keynes, el hombre tendrá que enfrentarse tan sólo al problema de a qué dedicar su ocio y cómo llevar una vida agradable una vez felizmente liberado de la preocupación económica inmediata.

Ahora vemos lo equivocados que estaban ambos pensadores: el incremento de la productividad no ha servido para aumentar el tiempo dedicado al ocio de la mayoría, sino que ha creado enormes bolsas de trabajadores redundantes.

Ese ejército de reserva ha contribuido a hundir los salarios en muchos lugares mientras a los que siguen trabajando se les exige con frecuencia hacer horas extraordinarias, que muchas veces ni siquiera se les remuneran.

Y por lo que se refiere a las necesidades, no sólo no se han visto satisfechas sino que han aumentado de modo exponencial, artificialmente fomentadas por la omnipresente y cada vez más invasiva publicidad del consumo.

Y ahí es donde entra en juego lo de la flexibilidad: se trata de convencernos de que no hay mal que por bien no venga y de que a fin de cuentas somos últimamente responsables de nuestra suerte, incluida la laboral.

Si no conseguimos encontrar trabajo, será porque no hemos somos suficientemente flexibles, porque no hemos sabido reinventarnos, adaptarnos a las nuevas situaciones o no nos hemos esforzado todo lo que habría sido necesario.

La condición que se exige cada vez más a quien aspira a entrar o progresar en el mundo laboral es lo que algunos sociólogos llaman «empleabilidad», es decir ese «conjunto de aptitudes y actitudes que permiten a una persona conseguir y conservar su empleo».

Si vemos los anuncios laborales que se publican en la prensa, sobre todo en el mundo anglosajón, que marca siempre tendencia, nos encontramos con que muchos de ellos citan entre esas cualidades «motivación, espíritu positivo, compromiso, competitividad, innovación» y, por supuesto, «cualificaciones».

Lo que se espera del individuo es que, mientras no encuentra trabajo, se esté formando continuamente en la esperanza de que un día alguien sepa valorar sus aptitudes y conocimientos porque si no lo hace, sólo a sí mismo podrá culparse.

Formarse en cualquier cosa, acumulando carreras, idiomas y diplomas, porque mayor será entonces su «empleabilidad». Y con suerte podrá abandonar un día, aunque sea temporalmente, ese creciente ejército industrial de reserva.

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