Cuaderno de mano

Lorenzo litoral

13.09.2015 | 05:00

Los mascarones de proa son mujeres azules con la aventura al abordaje. Tienen en la desnudez de su pecho el desafiante tatuaje de una rosa de los vientos. Navegan siempre en romance con las olas y de cada isla conocen la canción de un tesoro. Tengo un amigo que las colecciona. De los talleres de Brest y de Salerno, de las Atarazanas de Portsmouth y de Chatham, de las islas Scilly y de Isla Negra. Antiguas, licenciadas del mar, naufragadas, en roble y teca la intemperie de sus cicatrices y su belleza. Cuando tiene tiempo también diseña sus propios mascarones de proa. Y una vez terminados los suspende en la marea que atraviesa su casa, desde la costa malagueña hasta el jardín donde sueña sus poemas y sus collages. Cuadros, con doble fondo y la imaginación recortada, ensamblada y caleidoscópica, en los que Lorenzo Saval ha acristalado sirenas en descapotables que cruzan la noche, tiradores de arco cazando zepelines, automóviles con ángeles en fuga, fotógrafas con sombrero Shelley asomadas al interior de una ventana, poetas equilibristas en los tejados de las ciudades, un as de corazones en la zurda de un mago. Y sobre todo, barcos. Balleneros, clíper, veleros, trasatlánticos. Varados en una taza de café, cargados de fauna fantástica o encallando en las calles de puertos de mala fama. Siempre le gustó robárselos al mar. Desde la terraza de su despacho, con un telescopio de estrellas, les detiene el rumbo un instante y después los navegaba impresos en las portadas de Litoral.

La revista capitaneada en 1926 por Manuel Altolaguirre y su tío abuelo Emilio Prados, con un pez de Manuel Ángeles Ortiz como insignia de portada. En sus páginas se hicieron poetas aquellos jóvenes de la Institución Libre de Enseñanza y en la imprenta del sur con forma de barco se embriagaron de versos junto con un aprendiz manco y tipos tan duros como Elzeviriano, Baskerville y Bodoni. Zarpó la revista al exilio y después de duras travesías, manteniendo a flote la pintura, el pensamiento y la poesía, regresó en el 68 a Málaga con José María Amado. Le fue fácil enrolar tripulación de antes y marineros de entonces. Bergamín, Aleixandre, Caballero Bonald, Félix Grande. Hasta que convenció a Lorenzo Saval para que entrase de grumete, personalizando cartas de suscripción, en la revista de la que tomó el timón en 1979. Fueron los años numerados con La vanguardia española, Dionisio Ridruejo, Luis Cernuda, María Zambrano, y otras entregas extraordinarias como la publicación por primera vez en España de Rafael Alberti. Monográficos con textos inéditos, cartas, fotos e ilustraciones de Maruja Mallo, José Caballero, Enrique Brinkmann, Eugenio Chicano, y poetas pintores como Rafael Pérez Estrada. Tener un Litoral en casa comenzó a ser una aspiración imprescindible para quienes, al igual que hoy, valoran la calidad de las revistas literarias que albergan ensayo y creación, rigor y estética, la lectura y el estudio. Una labor que exige apoyos económicos y mantener el aval de sus lectores. Los motores que, a pesar de la crisis, favorecen que a nivel nacional su prestigio continúe navegando junto a Turia, Mercurio, Leer y Letras Libres.

La cultura se ha convertido en una isla, rodeada por la política, el IVA y el descenso de la lectura de calidad. Hacía tiempo que no necesitaba tanto estar rodeada del líquido que la fertiliza. También ahora que las lluvias atormentan con su violencia y los próximos meses presagian nubes de grises secos. Tal vez por eso, Lorenzo, su generosa y eficaz compañera María José Amado y el elegante diplomático Antonio Lafarque, asesor literario al igual que José Antonio Mesa Toré, acaban de editar un nuevo Litoral dedicado al Agua. Un número cuyo grifo abre un interesante estudio acerca de la nueva cultura que reivindica los valores naturales, sociales y emocionales del agua. Su influencia en la formación de civilizaciones. En su interior se escuchan voces del hamman y la lluvia sobre la arena que, como escribió Luis Rosales, con las primeras gotas se deletrea. Se habla de lagos, de manantiales, de ríos a los que Ruiz Noguera recuerda como la terrible evidencia de la huida y no falta la nieve que para otro Rosales, José Carlos, entierra de blanco los caminos difíciles. Hay sueños de piscinas, glaciares, cascadas, todas las pieles del agua en el curso de un poema que a veces cabe en un vaso, y otras se derrama.

No puede faltar, junto los brillantes textos de maestros y compañeros de armas con los que es un placer compartir cubierta, la belleza de la imagen en Litoral. Collages, cuadros, dibujos, fotografías, que Miguel Gómez maqueta como ojos de pez y postales del arte. A cada cual más ilustrativa y sugerente para el escritor al que le toca inventarles el reverso de una historia. Como la de la mujer de Louis Faurer saltando su reflejo sobre un charco, sin que el espejo del agua desvele su intimidad bajo el vuelo de la falda; la del cementerio de Escaro encallado a flote en el pantano de Riaño, enmarcado de silencio por Cecilia Orueta; la de Pierre Jamet voyeur del coito con el agua de Dina en la ducha o el retrato de David E. Scherman de una soldado que muda la piel del combate y se transforma en la Venus de Miller en la bañera de Hitler derrotado. 248 páginas con bañistas, lavanderas, zahoríes, embarcaderos y ninfas, enriquecidas con la crítica social de las viñetas de El Roto, que hacen de este número, un precioso broche de oro para el verano que pronto comenzará a dorarse de otoño.

Que justo fue en 2006 concederle a Litoral la Medalla de Oro al Mérito de Las Bellas Artes. Un merecido premio que mi amigo tendría que haber recogido vestido de John Silver o con un peacoat cruzado con doble botonadura de a tres. El uniforme con el que alguna madrugada terminará escapándose a bordo de uno de los trasatlánticos que caza, o enrolado en un buque fantasma con una mujer de proa con la que compartir tabaco, seducción de litorales y la penúltima cumbre de mar.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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