Impresiones

Expolio nazi

14.09.2015 | 05:00

La película Woman in gold narra la peripecia sufrida por el retrato de Adela Bloch-Bauer, pintado en 1907 por Gustav Klimt, desde que fue robado por los nazis en Viena hasta su recuperación por María Altman (interpretada por Helen Mirren), tras una larga batalla legal contra Austria y el museo de Belvedere que no lo querían perder. Perdieron y hoy el cuadro cuelga en la Neue Galerie de Nueva York. Como joven diplomático trabajé en la recuperación para España del Guernica de Picasso, entonces en el MOMA, y recuerdo muy bien cómo Rubin, su director, me reconocía que haría todo lo posible por mantener en Nueva York a la estrella de su colección, la que más visitantes atraía. También el MOMA perdió y el Guernica está hoy en el Reina Sofía de Madrid.

La historia del cuadro de Klimt recuerda la tragedia que el nazismo supuso para el mundo y en particular para millones de judíos exterminados por su barbarie. Se asesinaba a las personas y se robaban sus propiedades que pasaban a manos de los jerarcas nazis o eran destruidas como «arte decadente». Con la guerra se perdieron muchas obras de arte y muchas otras fueron robadas y aparecieron años más tarde en los sótanos del Ermitage de Moscú (más de 800) o en colecciones particulares. Unas 100.000 están todavía en paradero desconocido. Un alemán, Cornelius Gullitt, guardaba en Munich 1.500 cuadros (Chagall, Liebermann, Monet, Picasso..) reunidos por su padre durante el nazismo. José Carlos Llop ha contado cómo César González Ruano, corresponsal en París durante la ocupación alemana, trapicheaba con este tráfico teñido de tragedia y ahora se habla de un tren nazi enterrado y lleno de tesoros...
Los robos de obras de arte han acompañado todas las guerras y así se han hecho museos como el Louvre, el British o el de Pérgamo. Ya los romanos robaban obeliscos en Egipto, lo que no era tan malo como la destrucción de los mongoles o de los fanáticos del Estado Islámico que acaban de dinamitar el templo de Baal en Palmyra y que parecen pedir a gritos la creación de una brigada similar a la de la película The monuments men.

En este campo pueden no actuar de buena fe ni quienes deberían dar ejemplo. Durante mis años como agregado cultural en Nueva York viví dos casos que ilustran lo que digo. El primero se refiere a una preciosa Anunciación de El Greco robada por milicianos republicanos de la mansión asturiana de El Pito, propiedad de la familia Selgas, al principio de la Guerra Civil. Un tiempo después el cuadro fue visto en México y se sabe que cambió de manos tras una partida de póker en San Francisco. Todo muy novelesco. A partir de ese momento se perdió su rastro hasta que me llamó una amiga que trabajaba en el Metropolitan Museum de Nueva York para decirme que en los sótanos donde se guardan los cuadros que no se exhiben había uno sospechosamente parecido al robado a la familia Selgas. Así comenzó una operación diplomático-policial que lo recuperó poco después para sus legítimos propietarios en España. ¿Sabía el museo lo que tenía en el sótano? En otro caso, un marchante holandés vino al Consulado a ofrecerme un monumental tríptico catalán de los Hermanos Serra (siglo XIV). Creía que había sido robado tiempo atrás y que el delito había prescrito, ignorante de que el robo era más reciente. Procedía de la iglesia de la Conca del Vallés, lo habían troceado para transportarlo a lomos de mula por los Pirineos y luego había sido restaurado en Suiza para venderlo en los Estados Unidos. Avisé y nuestro Gobierno destacó a varios policías a Nueva York donde, en cooperación con el FBI (que colaboró con una guapísima agente disfrazada de fotógrafo de arte), pudimos recuperar en tríptico en una operación muy peliculera una lluviosa y fría mañana neoyorquina. El tríptico fue expuesto en el museo del Prado antes de ser depositado en el Museu Nacional d´Art de Catalunya. Y hoy una de las fuentes de financiación del Estado Islámico es la venta de objetos de arte robados. Si venden es porque hay quien compra.

Hace dos meses un juez californiano ha rechazado la demanda de los herederos de la familia Cassirer contra el museo madrileño Thyssen-Bornemisza por la propiedad del cuadro de Camille Pissarro Rue Saint Honorée. Après-midi. Effet de pluie. Es un caso con el que tuve que lidiar cuando era embajador en Washington y sobre el que el Congreso norteamericano, siempre sensible a los lobbies judíos, me presionaba mucho. Un marchante se lo robó/compró a Lilly Cassirer en 1939 por 360 dólares y un visado para salir de Alemania, amenazándola con enviarla a un campo de concentración si no accedía. La señora Cassirer sobrevivió a la guerra y fue compensada en los años cincuenta por el gobierno de Bonn. Thyssen adquirió el cuadro en un anticuario neoyorkino muchos años más tarde, ignorando su origen. La sentencia no deja dudas sobre la legítima propiedad del museo madrileño, aunque el juez le anima a considerar hacer «lo que sería justo con víctimas de la persecución nazi». Los herederos de Lilly, ya han anunciado que van a recurrir. Y es que la herida nazi sigue sangrando setenta años más tarde.

(*) Autor del libro Valió la pena. Una vida entre diplomáticos y espías (editorial Península) de próxima aparición.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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