Tierra de nadie

No saben nada

15.09.2015 | 05:00

La estimulación tiene muy buena prensa. Hace años que el término se coló en los manuales de psicopedagogía. Quizá estuvo siempre, no sé. Yo lo escuché por vez primera en una reunión de padres de alumnos. Estábamos allí, los progenitores, sentados en las sillas plegables repartidas para el encuentro, cuando el jefe de estudios se quejó de que algunos niños estaban poco estimulados en sus casas. No lo dijo así, pero entendí que debían llegar al colegio estimulados al modo en que llegaban limpios. El problema no acababa ahí, pues había niños muy estimulados intelectualmente y poco o nada físicamente y viceversa. Ello creaba descompensaciones que el colegio nos invitaba a corregir. Era una advertencia a los padres que leían muchos cuentos a sus hijos, pero también a aquellos otros que los tenían todo el día en el parque, tirándose por el tobogán. En este asunto, como en el de la alimentación, era preciso hallar equilibrios saludables.

Salí muy confundido de la reunión. En mi fantasía, el niño ideal (un ideal inalcanzable, claro) se convirtió en el que leía un cuento mientras se columpiaba. Y el que comía con gusto zanahorias hervidas con pollo a la plancha (otro propósito improbable). El caso es que a partir de ese momento fue cuando empecé a escuchar con una frecuencia desacostumbrada el término estimulación y adláteres.

–Este niño está poco estimulado.

O bien:
–Este niño está hipertestimulado.

Traté de recordar cómo había sido mi propia infancia desde este punto de vista y alcancé la conclusión de que los estímulos, entonces, nos los buscábamos nosotros, los niños. No había, por entendernos, un mercado de la estimulación. Significa que la estimulación externa era escasa y hecha a mano, podríamos añadir. Quizá por eso se trataba también de un bien escaso. De hecho, no conocíamos mayor estímulo que el del aburrimiento. Ahora, cuando me quedo a solas con mi nieta, no hago nada, pese a que ella no cesa de estimularme. Transcurrida media hora o así, empieza a quejarse de que se aburre. Y es en ese instante, cuando atraviesa la barrera del aburrimiento, cuando empiezan a ocurrir cosas increíbles para los dos. Sus padres no saben nada.

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