Perdidos y encontrados

Decir agua

17.09.2015 | 12:27

Cuando pedir agua cuesta un océano. Cuando la debilidad extrema se convierte en aliada del adiós. Cuando todos, familiares, enfermeras, médicos, auxiliares, se preparan para la llegada del lobo –Dolor, se llama– que ya enseña las orejas como de peluche pero del que se conocen sus fauces, la fuerza despiadada de su mordida y que nunca viene solo sino con una manada de síntomas feos como las noches que son peores que los malos días.

Cuando las horas se ralentizan y las costumbres cotidianas que se ceñían a los horarios empiezan a mezclarse. Cuando su boca ya no se abre para comerse la vida en forma de comida. Cuando una mirada de tu madre basta para decirte Basta, pero también te quiero, no te preocupes, no me duele nada y qué vida ésta.

Cuando aprendes el verdadero significado de las palabras colon y ciego, trombo y metástasis, vía y parenteral, noctamid y enantyum, cómo y estás, rivotril y haloperidol, cuidados y paliativos,? y, sobre todo, el verdadero significado de la palabra etcétera (del latín et y cétera, que viene a significar más o menos «y lo demás»)

Cuando la televisión no se enciende porque ya no sólo no se ve, ni se mira. Cuando las manos, su tacto, el encuentro con la piel callada, se convierte en el camino más transitable. Cuando miras las fotos del móvil de hace apenas un par de meses y nada hacía presagiar en ellas que esta vez agosto te alejaría de la playa –aunque Málaga es todo playa– para recorrer con tu madre los pasillos como ríos de los hospitales que, a veces, también van a dar a la mar, aquel final de Manrique («Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir»). Cuando agosto se convierte en su segundo significado, el de la fruta ya madura que cae del árbol, ya agostada (Agostar, según la acepción 2 de la RAE: Consumir, debilitar, o destruir las cualidades físicas o morales de alguien), ya agotada.

Cuando la joven inflamada de la habitación de al lado te hace relativizar la tristeza que sientes viendo cómo se apaga la anciana de piel tersa y suave que sorprende a las auxiliares que asean a tu madre. Cuando duermes sin dormir junto a su cama y te sobrecoges con la inquietud sobrevenida, ese brazo que le cuesta tanto levantar para llevarse la mano temblorosa a la boca, la punzada en el rictus al intentar desplazar la cadera un poco para corregir la postura incrustada sobre el colchón y así encontrar tu mirada, y tu madre por fin consigue decir como escribiendo el sonido sobre la hoja de un suspiro: a gua.

Cuando tienes que entregar el artículo convertido en reportero de tu propia circunstancia, en la bonita habitación número 9 de la unidad de ingreso de Cudeca –Cuidados del cáncer–, en la Avenida del Cosmos de Arroyo de la Miel (Benalmádena, Málaga), pese a todo y por todos los que cuidan, la única palabra de todas éstas que no dudas en teclear es Gracias.

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