Las siete esquinas

Sala de rayos

17.09.2015 | 05:00

Paso la mañana en un hospital público, haciéndome pruebas, y aunque la experiencia no es la que uno le pediría al genio de la lámpara maravillosa si tuviera la suerte de encontrárselo, como mínimo resulta muy instructiva. Ante todo, porque uno está acostumbrado ya a tanto griterío y a tanta charlatanería que reconforta entrar en un lugar donde todo debe ser probado y examinado de modo riguroso. Y mientras miro todos los aparatos con los que tengo que enfrentarme –el túnel del TAC o la pantalla de rayos X o una máquina muy rara con forma de paquidermo que un ATS empuja por el pasillo–, me doy cuenta de que aquí dentro todo tiene que ser sometido a examen (a eso he venido yo, por cierto, a someterme a examen), porque nada puede dejarse a la libre interpretación o a la conjetura o al capricho. Nada.

Es decir, que todo ese griterío ideológico que se oye a todas horas en nuestro país, en el que todo el mundo –y yo el primero– decimos cosas y más cosas sin saber muy bien lo que decimos ni por qué lo hacemos –y sin aportar argumentos ni pruebas sólidas que los confirmen–, aquí, en esta sala silenciosa con pantallas que parpadean y extraños pitidos que llegan de algún sitio, no duraría ni dos segundos porque enseguida sería anulado y eliminado por perjudicial y peligroso. Y si el proceso soberanista catalán, por ejemplo, pudiera ser examinado por todas esas pantallas y escáners que van a examinarme a mí, se descubriría que no es más que una engañifa que se basa en promesas sin ningún fundamento sólido y en premisas completamente fraudulentas. Y peor aún, si el «procés» se examinara aquí, se vería de inmediato que ha manipulado la buena voluntad y la ilusión de miles y miles de personas que han participado de buena fe y que se han dejado llevar por las promesas, y que van a recibir un shock emocional muy fuerte cuando descubran que el gigantesco castillo de fuegos artificiales que les habían prometido no es más que un petardo de esos que hacen mucho ruido y luego nada de nada.

Y en esta sala de rayos se pueden hacer más descubrimientos interesantes. Desde hace tres o cuatro años todos hemos oído decir que se ha desmantelado la sanidad pública o que la han arrasado o que la han degradado al nivel de un país del tercer mundo. Pero eso por fortuna no es verdad. Ha habido recortes y empeoramiento de condiciones de trabajo, sin duda, y todo el personal sanitario ha tenido que hacer un esfuerzo colosal para seguir manteniendo las mismas prestaciones con muchos menos recursos, pero el sistema sigue funcionando muy bien y sigue estando en buenas condiciones, y quien quiera verlo sólo tiene que hacer la prueba. En esta sala de rayos y de TAC hay una madre con su bebé de sólo tres semanas –que es atendido por dos enfermeras que se ocupan sólo de él–, y también hay ancianos en camillas y enfermos del hospital y familiares que les acompañan. El ambiente es distendido, nadie está de mal humor, se gastan bromas y todos procuramos ser amables. Y esto que tenemos que tomarnos los frascos con el sulfato de bario o las soluciones de yodo, y además, todos estamos nerviosos y preocupados por lo que nos puedan encontrar allá dentro. Pero entre los pacientes no he oído quejas de ninguna clase ni gritos ni protestas ni nada parecido. Si ésta es la sanidad arrasada y tercermundista de la que tanto se habla, sospecho que millones de ciudadanos del mundo entero estarían encantados de poder disfrutarla tal como está.

Y una última observación: en estos últimos tiempos se ha instalado entre nosotros un pesimismo que parece incurable, según el cual somos un país condenado al fracaso y que es incapaz de hacer nada bien. Y bueno, sí, es cierto que tenemos una historia horrible y que muchas veces hemos tomado la peor de las opciones posibles, pero sólo viendo cómo funciona esta sala de rayos, y el equipo de sanitarios que la maneja, se vienen abajo todos esos tópicos y todas esas acusaciones que nosotros mismos nos lanzamos contra nosotros mismos. No le deseo a nadie tener que pasar por esta experiencia, pero si por desgracia le tocara pasarla, estoy seguro de que sería muy parecida a la que me he encontrado yo. Y eso es algo muy bueno.

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