Al azar

A Obama le aburre España

18.09.2015 | 05:00

La Casa Blanca ha apostado con decisión a favor de que el Ulster se independice del Reino Unido, gracias a linajes como Kennedy o Clinton. El fervor proirlandés de Washington no escatimaba apoyos al ideario del IRA, que deberían avergonzar al campeón mundial de la lucha contra el terrorismo. Más cerca, el presidente Eisenhower se abrazó a Franco en 1959, otorgando carta blanca a la dictadura. El 23F de 1981, el secretario de Estado de Reagan se refugió en que «el asalto al Congreso de los Diputados es un asunto interno de los españoles», a un paso de felicitarse por el golpe de Estado. Con estos precedentes, cabe esperar que el manifiesto de Obama en pro de «una España fuerte y unida» corra mejor suerte que anteriores intromisiones. En lugar de felicitarse a través de sus comentaristas oficiales por el apercibimiento de un jefe de Estado extranjero, un Rey orgulloso le hubiera replicado que «nosotros también esperamos que los Estados Unidos sigan muy unidos», vistos los problemas con la bandera confederada.

Los entusiastas de la anexión de España a Washington han omitido el profundo aburrimiento que destilaba Obama, mientras pronunciaba su amonestación. Disimulaba un bostezo, no miró a los ojos a su interlocutor. La desidia del discurso presidencial solo podía competir con los tópicos encadenados, entre ellos una estupefaciente asimilación del carácter español con el estadounidense. Sabía tan poco del país de su huésped que solo le faltó sellar su escueta intervención con un «sol y toros, olé».

Sin disputar la sabiduría de los eruditos oficiales, se me ocurren dos razones para el tedio presidencial. En primer lugar, Obama odia que le visiten en la Casa Blanca, alterando su rutina hogareña. En segundo lugar, España acogió la mayor desavenencia entre el presidente y su esposa. Las vacaciones de Michelle Obama en Málaga y Mallorca marcaron el nadir de la popularidad de la pareja. Bill Clinton admiraba ciegamente a Juan Carlos de Borbón. Al margen de unidades, Felipe VI no despierta todavía la misma pasión en Obama.

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