Cuaderno de mano

Insectos

La mariposa es el único insecto, junto con la luciérnaga, que se merece estar dentro de cualquier sueño

20.09.2015 | 01:58

La culpa es de Kafka. Nos metió a todos una cucaracha en los sueños. No sé de nadie que no las tema ni las rechace. Un gesto arisco, un grito despeinado, un puntapié certero. Un feroz zapatazo en defensa del miedo o del asco. A diario, de noche, en verano y cuando la humedad es confortable, asoman y se arriesgan a ras de suelo. En cambio, ignoramos a las que se cruzan a la altura de nuestra sensibilidad en guardia. Unas veces llevan corbata, otras trajes de baño o de running, y también lucen tacones, prendas prêt-à-porter y pasaporte a Zúrich y Las Bahamas. A veces incluso dan los buenos días. La mayoría no las perciben en medio de la rutina. Esa burbuja gris de lo cotidiano de la que unos desean escapar y en la que otros anhelan refugiarse. Sólo conozco a una persona que enseguida las distingue. Lo mismo que, bajo el disfraz de cada hombre, cuando le rondan una aventura con la que capturarla, advierte el insecto que esconde. Si se trata de un escarabajo pelotudo con el rodamiento en bola de sus fracasos amorosos; si es un grillo enloquecedor con su canto; un saltamontes de cama en cama; un caracol que sigue en la casa de su madre o una araña que se descuelga del matrimonio cuando caza. Ella es poeta y desde niña no ha dejado de temer que una cucaracha la fecunde. Que un insecto la deje sin savia, sin sangre o sin polen, y con el corazón esclerotizado. Es la razón secreta por la que ha escrito Nocturno Insecto, donde los ha disecado con palabras bellas y desinfectantes.

Descubrí a Beatriz Russo escuchando su voz impresa en el cuadro de Ophelia de Dante G. Rossetti. Sus versos, contenidos en La prisión delicada, rindiendo homenaje a las musas  Lizzie Siddel, Fanny Cornforth y Jane Morris de la Hermandad Prerrafaelista, presagiaban una poeta capaz de tejer imágenes que son un paisaje interior y un imán plástico. Su fuerza y lo telúrico que emana de sus versos te atrapan y te obligan a respirar hacia afuera para no sufrir un instante Stendhal y desmayarte en el peligroso cauce del poema. Advertí que ese rasgo era la expresión natural de su poesía. Que La habitación propia de Virginia Woolf, en el caso de Beatriz Russo, era su lenguaje. Y también que sería una poeta de la metamorfosis. Aquella intuición la certifica Nocturno insecto, en cuyas páginas muda de piel su lenguaje a la vez que la niña protagonista, evocación personal y sujeto simbólico, a la que nos presenta en una esfera de cristal que ha de romperse sin que su nieve se derrame. Hay siempre un cuchillo entre la memoria de las flores, en la estela de los pájaros, en esa inesperada lágrima que desafina y presagia el desahucio de la infancia, la finitud de los amores que nunca llegan solos, el desvanecimiento del azul de las madrugadas que nacen de las olas y las pasiones. En toda la poesía de Beatriz Russo son evidentes estas huellas, intensas, líricas, intimistas sobre la pérdida y la incertidumbre, trazadas desde un culturalismo que habla del yo sin mencionarlo, contundente y crudo, sutil y dialéctico, con ecos de Novísimos como Gimferrer y Carnero, y cercano a Colinas en el equilibrio entre la emoción y la meditación que dan lugar al conocimiento que se desvela y revela.

Un estilo, en este libro, más a piel de la desazón, las amenazas y las mutaciones, del polvo de fantasmas que despiertan esos miedos de la infancia, aquellas cicatrices, la voz del tiempo siempre en vértigo, y que Beatriz Russo conjura con una poesía que no teme a las sombras, que se enfrenta serena al dolor que dejaron los naufragios a los que se sobrevive, las erosiones de la inocencia y del amor, de las ilusiones y pesadillas que provoca la vida. Pero no recuenta la infancia y su despedida como un ajuste de cuentas. Ni pretende refugiarse al otro lado del espejo, aunque cruce Beatriz puertas de Alicia, fronteras de mundos, entre el surrealismo y el misterio de todo bestiario, en los que los insectos son sacerdotisas, etapas y enigmas, a veces bálsamos, en ocasiones venenos. No  son sus versos perfumes disecados ni guantes de piel para desprender la primera piel de las batallas. Tampoco son un cofre en el que guardar la magia azul de un escarabajo. Su prosa en poema reflexiona sobre el límite que habita en las cosas y sus silencios, en las relaciones y sus tempestades, en la caducidad de sus ceremonias. Y es un viaje que busca liberarse –siempre está presente este anhelo en su poesía–,  de las amenazas interiores y cercanas, de los etéreos fantasmas de la infancia que maduran su cuerpo cuando crecemos, y que a veces nos impiden, como hace ella en este libro, deshacer el nido de lo que un día vivimos y luego se tornó corteza. Quiere Beatriz Russo sobrevolar la queja y el parto de esta metamorfosis. En ese propósito de avanzar en la conciliación con la infancia, de la que hace conciencia en los poemas que la reconstruye, hace las paces con los ángeles redentores que siempre nos tejen pájaros en el viento del destino, como si fuesen amuletos en lugar de un coto de caza para los sueños. Y con el expresionismo onírico de sus imágenes, dibujadas en escenas o en bodegones de la memoria, se rebela y nos cuenta, igual que un testigo de primera mano, sobre los insectos y el desgarro que producen sus aguijones. Abundan las avispas, las garrapatas, los mosquitos, las mantis religiosas, las chinches y las moscas cojoneras. Nos acompañan en el trabajo, en las relaciones sociales, en las alcobas, en la familia y en las estaciones de la vida. Está bien saber cómo protegerse de su acoso y librarse de su animosidad taimada.

Este libro nos lo enseña y muestra también la necesidad de madurar las emociones a través de la metamorfosis. La que vivió Beatriz Russo en los poemas que nos dejan la seda de su infancia entre los dedos, antes de desembocar una mariposa en el cielo. La belleza en libertad de un insecto. El único, junto con la luciérnaga, que se merece estar dentro de cualquier sueño.

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