Al azar

Rajoy pierde en la intimidad

Conceder licencia a Ana Rosa Quintana para hurgar en la nevera del presidente a cambio de no preguntarle por Bárcenas, supone el colmo del populismo. Por fortuna no se habla aquí de periodismo

20.09.2015 | 05:00

Es indignante que Pedro Sánchez llame en directo a Sálvame. En cambio, obedece a un prodigio de estrategia que Rajoy exponga La Moncloa a un programa matinal de la misma cadena de Berlusconi, indisoluble del anterior en formato y contenido. Otorgar licencia a Ana Rosa Quintana para hurgar en la nevera del presidente del Gobierno a cambio de no preguntarle por Bárcenas, supone el colmo del populismo. Por fortuna no se habla aquí de periodismo, porque nadie entroncaría con dicho vicio a la televisión contemporánea. Ingresados pues en el costumbrismo, a qué mente calenturienta se le habrá ocurrido que la imagen privada del líder del PP no solo interesará más que su alicaída estampa pública, sino que ayudará a relanzarla.

El principal argumento para no indagar en la vida privada de los gobernantes radica en que es muy aburrida. En el caso de Rajoy, esta verdad general no requiere de la mínima demostración. Mientras Artur Mas se colocaba por segunda vez frente a Ana Pastor y en directo, el presidente del Gobierno repasaba sus someros conocimientos de inglés adjuntando una revelación que sacudirá al Estado, «no soy Shakespeare». La comparación entre ambos líderes no legitima sus respectivos empeños, pero ayuda a entender la comodidad dialéctica de que ha disfrutado el catalanismo ante la endeblez de los argumentos emanados desde La Moncloa.

El tópico más recurrente en torno a los gobernantes reza que «gana mucho en las distancias cortas, te seduciría si lo conocieras». La cantinela acostumbra a ser falsa, pero en el actual presidente del Gobierno resulta contraproducente. Rajoy no es guay, resulta suicida suprimir una estanqueidad que necesita para sobrevivir. El impacto de contemplar a Albert Rivera desnudo, a Pablo Iglesias desmelenado o a Pedro Sánchez en El hormiguero carece de correlato en un político conservador que no sabe dónde colocar su cuerpo en las comparecencias públicas. A falta de dilucidar la incógnita sobre si daña más a la institución presidencial que a sus opciones personales, aumenta el riesgo de que el espectador de la intimidad del líder del PP no solo extraiga la convicción de que no debe seguir gobernando, sino de que nunca debió hacerlo.

Intromisión personal: he pasado dos tardes en la intimidad con Rajoy, no siempre por motivos profesionales. En ambas ocasiones se trataba de fines de semana en hoteles de geografías vacacionales, pese a lo cual no estaba acompañado por su familia. En la primera ocasión era vicepresidente del Gobierno de Aznar, y no recibió ni una sola llamada durante horas. En la segunda, opositaba a Zapatero y acudía a un congreso regional de su partido, pero no compartía el ocio con ninguno de sus líderes autonómicos. Perseguía el aislamiento de casino decimonónico, que ha encontrado en La Moncloa. También Obama descubrió maravillado que la Casa Blanca le permitía una rutina, en su caso familiar, impensable en medio del ajetreo de cualquier otro cargo de representación. En fin, Warren Buffett atribuye su éxito en los negocios, que lo ha encumbrado a una de las mayores fortunas de la historia, a las largas horas de que dispone para analizar libros y periódicos en la soledad de su casa de toda la vida.

La imagen pública de Rajoy es glacial, desbaratada y desaconsejable en concursos emocionales como unas elecciones democráticas. Al abrir el postigo de su privacidad, no emerge un hombrecillo entrañable sino un gobernante guiado por la mezquindad, una pequeñez que va un grado más allá de la austeridad que ha pregonado públicamente. Solo ha declarado exentos del rigor contable a los abundantes corruptos de su partido, cuyas andanzas aspira a escamotear a la audiencia. En su reencarnación como hombre del año para GQ, el presidente del Gobierno demostrará que carece absolutamente de estilo. Un cliente de Zara habita un orbe de diseño más exigente que el líder de la derecha. Dicho sea sin populismo elitista, porque el carismático Mujica convirtió la miseria personal en un irresistible señuelo electoral.

Mientras la prosa, por fortuna desarmada, que acompaña a las elecciones catalanas no tiene nada que envidiar a las arengas que propiciaron los conflictos bélicos de los dos siglos pasados, el presidente artificial simula naturalidad en la televisión matutina. Aparte del error estético, el fenómeno es inocuo. El Gobierno de Rajoy dobló tiempo atrás el cabo a partir del cual todas las iniciativas, incluidas las más benignas, se vuelven en su contra.

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