Entre el sol y la sal

Dónde van los besos que no damos

Pienso en esa fracción de segundo, en el instante justo en que tu cerebro desconecta tu memoria para sumirla en la oscuridad

23.09.2015 | 05:00

Dicen que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, pues imaginen lo duro que debe ser despertarse un buen día y que no te reconozcas, que no te aprecies. El lunes fue el día mundial del Alzheimer y coincidiendo con esa fecha se inauguró en Málaga el 3º Congreso Internacional de Investigación en Enfermedades Neurodegenerativas, es decir, Málaga se convirtió en el epicentro mundial de la lucha contra el olvido.
Ya ven, de repente tu cerebro obsolescentemente programado se resetea y empieza a eliminar archivos. Eduardo Chillida, Ronald Reagan, Adolfo Suárez, Antonio Mercero, Norman Rockwell, grandes personas que llegado el momento olvidaron que otrora sus mentes crearon momentos históricos, momentos, qué ironía, inolvidables.

El Alzheimer es la más famosa pero existen otras enfermedades como el Parkinson o la esclerosis múltiple, desórdenes cognitivos que te roban silenciosamente cada hora de tu pasado, y mientras en Málaga se concentran los mejores investigadores para poner fin a la neurodegeneración, otros dedican fondos y medios para llevar a cabo el derecho al olvido. Este derecho basado en el Habeas Data supone que cualquiera puede instar que una entidad o buscador borre los datos obsoletos de tu vida o los que violen tus derechos, lo que es posible desde la famosa sentencia dictada en 2014 por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Qué curioso, unos luchando por recordar y otros empeñados en olvidar.

Debe ser angustioso verte rodeado de extraños, de gente que a pesar del cariño no acepta totalmente tu lenta huida e intenta machaconamente sin éxito convencerte de ser quien no crees ser. Cuando te conviertes en un desconocido para ti mismo lo demás sobra. Tu historia, tu identidad, tu esencia, tu personalidad, todo lo que te hace ser tú ahora es papilla neuronal. Lo único bueno es que el enfermo olvida que ha olvidado, lo duro, por el contrario, es que el familiar padece cada episodio amnésico.

Todos hemos experimentado ese instante en que un olor te lleva veinte años atrás y sonríes disfrutando como si revivieras el momento, quien más quien menos ha escuchado una canción y ha recordado donde la oyó por primera vez, pues ahora resulta que eres un niño pequeño con un mundo por descubrir. Aterrador.

Mientras escribo pienso en esa fracción de segundo, en el instante justo en que tu cerebro desconecta tu memoria para sumirla en la oscuridad. Me pregunto en qué momento dejas de ser consciente de ser tu, porque cierto es que la degeneración es paulatina, pero, cuándo suena ese clic que te hace dudar de todo, que te hace despertar en un hogar que no es el tuyo.

Tanto esfuerzo por llevar una vida plena, por defender tus ideales, por cultivarte como persona, y llega una enfermedad traicionera y te arrincona temeroso en una densa tiniebla de desconfianza e incertidumbre. Ojalá los investigadores que nos visitan estos días encuentren la cura y consigan mantener encendido un faro mental que ilumine el norte de lo que fuimos.

Les dejo con una pregunta. Qué es peor, recordar que no has besado nunca o haber olvidado todos y cada uno de aquellos besos.

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