Impresiones

El octavo mandamiento: No mentirás

Mas ha reconocido que la independencia también dañaría a España, pero más daño le haría a Cataluña que es la parte más débil

23.09.2015 | 05:00

Hitler se refería con desprecio a los británicos como «esa nación de tenderos» que con su admirable resistencia (junto con el Canal de La Mancha y rusos y americanos) le obligó a acabar suicidándose en el búnker de Berlín. Admirables tenderos. Salvando las distancias, si en España hay tenderos están en Cataluña, que han convertido en una región muy próspera, y lo primero que se espera de ellos es sentido común y capacidad de hacer bien las cuentas antes de meterse en cualquier negocio y el que les presenta el señor Mas parece bastante alocado a la vista de su intención de seguir adelante con sus planes si gana aunque sea por un escaño al margen del porcentaje de población que tenga detrás. Una locura porque ningún país se puede construir y gobernar sin una mayoría muy clara, como recordaba hace unos días Ortúzar, presidente del PNV, y un dislate pues afirman que son elecciones plebiscitarias y luego dan más importancia a los escaños que a los votos. También una barbaridad ir contra la ley porque eso no es democracia, en Europa las leyes se cambian pero no se desobedecen. Las consecuencias pueden ser muy graves para europeos, españoles y catalanes a la vez. Pero sobre todo para los propios catalanes y por eso es bueno que voten con libertad pero sabiendo las consecuencias.

En primer lugar, el Derecho internacional reserva el derecho de autodeterminación a situaciones coloniales o donde haya genocidio o violaciones muy graves de los derechos humanos, lo que no sucede en Cataluña y en consecuencia esa declaración unilateral de independencia no convencería a nadie: un país no es independiente por afirmarlo, necesita que la comunidad internacional le tome en serio y reconozca su independencia.

En segundo lugar, sería contraria al Derecho comunitario pues el artículo 4.2 del Tratado de la Unión dice con toda claridad que «la Unión respetará las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial» y una resolución del Comité de las Regiones afirma que si una región se segrega quedará automáticamente fuera de todas las políticas comunitarias. Ni siquiera haría falta que se la expulsara porque ella misma se situaría fuera de la UE como recordó hace tiempo Durao-Barroso y más recientemente Merkel y Cameron, aunque Mas y Junqueras no lo quieran oír. La consecuencia es que los catalanes se quedarían fuera del euro, fuera del mercado único, fuera de la libre circulación de personas, capitales y mercancías, fuera de la políticas de cohesión, de la política agrícola común, del espacio común que define el tratado de Schengen (tan maltratado con la crisis de los refugiados), del programa Erasmus, de la Unión Bancaria... y como ya escribí hace varios meses, me extraña que a nadie en su sano juicio le atraiga el modelo albanés. Porque para volver a disfrutar de todo eso, Cataluña tendría que ponerse a la cola de los países aspirantes a ingresar (como dice el Comité de las Regiones y ha recordado Cameron) y obtener el apoyo unánime de todos los miembros de la UE... entre los que se encuentra España. No se puede engañar al personal con algo tan serio. Ninguna simpatía pueden los catalanes esperar de los líderes europeos porque si su ejemplo se extendiera pondría patas arriba a toda la Unión Europea y la haría ingobernable y porque modificar por la fuerza las fronteras europeas es algo que ha tenido funestas consecuencias en el pasado y que todos rechazamos hoy (Ucrania, Crimea) por ser la receta ideal para crear otros problemas que nadie desea.

El señor Mas ha reconocido que la independencia también dañaría a España y no se equivoca, pero más daño le haría a Cataluña que es la parte más débil. Cataluña dejaría de formar parte de una gran nación que existe desde hace 500 años, es la cuarta economía de la Eurozona y actual miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, para pasar a ser un pequeño país perfectamente desconocido y sin ninguna influencia en la marcha del mundo. Los catalanes perderían también el derecho a usar el que hoy se reconoce como octavo pasaporte más deseado y a recibir asistencia de una red de noventa embajadas, 180 consulados y muchas oficinas comerciales y de otro tipo que tenemos repartidos a lo largo y ancho del planeta (o de las embajadas de otros países de la UE establecidas en lugares donde España no lo está). Además verían impotentes cómo una frontera con España se traduciría en disminución del comercio con el resto de la península y en la imposición de aranceles. No conviene olvidar que Cataluña exporta más a Aragón que a Francia.

Por si todo esto fuera poco, Cataluña también quedaría fuera de la ONU y sus agencias ( ACNUR, FAO, AIEA, Unesco...), de la OTAN y de instituciones financieras tan relevantes como el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, la OCDE... No quiere decir que Cataluña no pudiera ingresar, pero llevaría tiempo y no sería sencillo. Por ejemplo, para entrar en la ONU se exige el voto favorable de 128 países (dos tercios del total de miembros de la Asamblea General) previo dictamen obligatorio y favorable del Consejo de Seguridad donde sería muy probable que se toparan con el veto ruso (como le ha sucedido a Kosovo) e incluso el chino, que no quiere precedentes que puedan esgrimir uygures o tibetanos. El mismo Obama ha apostado ante Felipe VI por «una España fuerte y unida».

De modo la independencia apunta a un período de soledad y empobrecimiento que se puede estimar bastante largo. Los catalanes tienen derecho a que no se les mienta. Que voten lo que quieran pero que sepan lo que votan. También tienen otros derechos de los que habrá que hablar a partir del día 28. Esto va para largo.

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