Entre el sol y la sal

Ser más de allí que de los de allí

No existe debate catalanista en el que alguien no diga: yo respeto mucho a los andaluces, es más, mi abuelo era andaluz

30.09.2015 | 05:00

"Por los señores Alcaldes, Jefe Superior de Policía, Comandantes de puesto y Comisarías existentes se impedirá en lo sucesivo la entrada y subsiguiente permanencia en sus respectivos términos municipales de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a viviendas no autorizadas, debiéndolos remitir a este Gobierno Civil para su evacuación por el servicio que se encuentra a este efecto establecido".

Esto que acaban de leer ni está fechado estos días ni pertenece al responsable tarado de una lejana frontera con el drama sirio. Se trata de una circular que el gobernador civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga, publicó en el Boletín Oficial de la Provincia el 6 de octubre de 1952 dando instrucciones represoras ante el goteo de migrantes andaluces que acabó en avalancha, pero para cuando llegó la década de los sesenta ya habían emigrado casi dos millones de andaluces, de los cuales se calcula que unos 850.000 se trasladaron a Cataluña, es decir, casi la octava parte de Andalucía se convirtió en charnega.

Ahora que los catalanes andan como pollos sin cabeza, o como dicen los analistas finolis, saciados ante una nutrida riqueza de opciones y una pluralidad democrática envidiable, me planteo por qué los descendientes de aquellos emigrantes andaluces suelen sentirse, por lo general, más catalanes que los catalanes. Lo mismo ocurre con los conversos, con los que han dejado de fumar, y con los veganos que un buen día descubrieron la panceta.

Conviene recordar que los primeros andaluces que llegaron a Cataluña fueron humillados hasta el punto de ser ubicados literalmente en cuevas y en asquerosas infraviviendas alejadas del casco urbano, como gulags lo suficientemente alejados para que a las ramblas no llegara el olor a pescaito frito, y es que a pesar del gozo mostrado por el empresario que veía sus fábricas abarrotadas de mano de obra barata, la sociedad catalana dio la espalda como apestados a los que cruzaron la piel de toro buscando una oportunidad. Sólo el esfuerzo, el sudor, el ahorro, la entrega y el sacrificio de los hombres de luz consiguió que el prejuicio diera paso a la aceptación. De hecho, hoy en día la conocida frase del amigo homosexual ha evolucionado a la versión del familiar andaluz. No existe debate catalanista en el que alguien no diga: yo respeto mucho a los andaluces, es más, mi abuelo era andaluz. No me pregunten por qué pero parece que hay más abuelos andaluces que amigos gais.

Si bien es cierto que aquellas personas huyeron por distintos motivos, también lo es que las generaciones venideras gozaron de un bienestar soñado. Intento ponerme en su lugar y no imagino qué pensaría de un país, mi país, que me repudió en la pobreza obligándome a dejar mi tierra natal como única opción posible. Aquellas buenas gentes encontraron en Cataluña lo que Andalucía, por distintas razones, les negó. Fueron pioneros en lo que hoy sufren muchos de nuestros jóvenes que, forzados por la necesidad, se abandonan a los brazos de países ajenos.

Puedo entender el refrán que dice que uno no es de donde nace sino de donde pace, incluso puedo comprender que los primeros emigrantes renieguen de la tierra que los arrinconó a mil kilómetros de distancia, pero lo que no me cabe en la cabeza es que alguien nacido en el algodón de la democracia constitucional pretenda imponer la más rancia de las visiones catetas y reduccionistas.

España es lo que es gracias a sus gentes, a los que se quedaron y a los que se fueron, a los andaluces que añoramos y a los madrileños, los ingleses, los alemanes o los catalanes que finalmente les acogieron. Eso es Historia, lo demás son historietas.

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