Tribuna

La moda 'sin gluten' hace un flaco favor a la enfermedad celíaca

08.10.2015 | 05:00

La celiaquía es una enfermedad autoinmune causada por la ingesta de gluten, un conjunto de proteínas que se halla en diversos cereales como el trigo, la cebada o el centeno, entre otros. Es una condición genética irreversible, una intolerancia que hasta la fecha solamente puede paliarse con la supresión total del gluten en la dieta. No es una alergia como muchos creen: la alergia produce una reacción puntual y potencialmente crítica, pero la intolerancia desgasta paulatinamente los intestinos y puede producir muchos efectos colaterales indeseables a medio-largo plazo como la diabetes, la dermatitis herpetiforme, la infertilidad y el cáncer. Se estima que una de cada cien personas padece celiaquía pero no lo sabe: la enfermedad no siempre es tan «bondadosa» como para manifestarse en forma de diarreas, migrañas o malnutrición, pero el daño continúa, independientemente de que el enfermo lo sienta o no.

A mí me diagnosticaron celiaquía a mediados de 2011. Creí que se me venía el mundo encima, pero por otra parte al fin pude respirar tranquila, porque con el diagnóstico quedaban aclarados los problemas estomacales e intestinales que había arrastrado desde la infancia. En aquel momento había pocos productos sin gluten en el mercado; pero eso estaba a punto de cambiar: en cuestión de meses empecé a ver cómo las estanterías de las grandes superficies se llenaban de todo tipo de panes, galletas y pastas varias importadas de diferentes países. Luego salieron pizzas, y hasta una conocida cadena de comida rápida introdujo el pan sin gluten en sus hamburguesas (todo un lujo si consideramos que otros países que presumimos más avanzados como Suiza o el Reino Unido carecen totalmente de esta opción). Después vinieron las redes de restaurantes que se asociaron para ofrecer alternativas sin gluten en determinadas provincias. Y yo pensé que todo esto era bueno, y que nos hacía la vida más fácil. De hecho, como muchos otros celíacos, estaba encantada. Pero de repente, algunos famosos como Lady Gaga, Michael Douglas o Gwyneth Paltrow empezaron a decir que comían sin gluten, que se sentían mejor y que eso les adelgazaba y hasta les mejoraba diversas dolencias. Y comenzaron a «dar ejemplo» en sus entrevistas, y a conseguir en cuatro días lo que no habían conseguido las asociaciones de celíacos en el último par de décadas: que la ausencia de gluten estuviese de moda. Y llegaron las marcas blancas mucho más baratas que las importadas, las interminables estanterías llenas de las opciones más variopintas, el día de la tapa sin gluten€y me di cuenta de que lo que se había iniciado como un reconocimiento, como un beneficio, se había convertido en una moda. Lo comprendí el día en que una azafata de avión, después de haber perdido la escala de un vuelo –por causas ajenas a mi voluntad– me advirtió con ligera irritación de que si quería un menú especial tendría que haberlo pedido antes –cosa que ya había hecho, pero no era culpa mía haber perdido el vuelo y haber sido transferida a otra compañía– y que pidiera cualquier otra cosa: a fin de cuentas, ¿qué más da un refresco de cola que uno de naranja? No tardé mucho en descubrir vídeos en internet de gente haciendo parodias sobre lo sano que es comer sin gluten (en plan hippie/espiritual), y capítulos de series animadas donde se lleva el gluten-free hasta las últimas consecuencias; casi como una secta. Pero sin duda, la gota que colmó el vaso fue cuando se publicaron unas fotos en Instagram de chicas comiendo cosas con gluten, reivindicando lo sano que es, y de paso luchando contra la «moda sin».

En estos momentos me preocupa seriamente la trivialización a la que está siendo sometida la enfermedad: los celíacos hemos pasado de ser unos auténticos desconocidos (de hecho aún lo somos en la mayoría de los países) a ser considerados como poco menos que unos esnobs que exigen comida «sin» por molestar o sobresalir (aún recuerdo los tiempo en los que pedía una hamburguesa sin pan –por no romper el plan grupal de ir a cenar a una hamburguesería– y preguntarme los camareros si es que pensaba que iba a adelgazar por quitarle el bollito a la carne; sin duda, más de un celíaco estará sonriendo al identificarse con estas líneas). Ahora tenemos muchas más opciones, pero no se nos toma en serio.

La sobreexposición del lema «sin gluten» está haciéndole un flaco favor a la celiaquía. Ahora está de moda, pero cuando esa moda pase –como pasó la del champú de cola de caballo o la dieta de la alcachofa–, habrá un bajón en las ventas, y muchas marcas retirarán sus productos. Y los auténticos celíacos volveremos a quedarnos (casi) sin opciones y volveremos a estar obligados a comprar galletas y pasta –dos de los productos más competentes económicamente en la actualidad– a precio de gramo de oro.

Al tiempo.

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