360 grados

La división, en el ADN de la izquierda

09.10.2015 | 05:00

Vuelve la izquierda donde solía: a la división, algo que parece formar parte de su ADN. Son de todos conocidas las funestas consecuencias que tuvo la división de la izquierda a lo largo de la historia europea y en nuestra propia guerra civil con las mutuas acusaciones entre socialistas, anarquistas y comunistas.

Ahora son por fortuna otras, aunque no menos urgentes, las circunstancias y también otros los partidos, pero la división en el seno de la izquierda vuelve a estar ahí. La derecha tuvo siempre bien claro dónde estaban sus intereses. La izquierda se ha empeñado una y otra vez en absurdas polémicas nominalistas o en pugnas personalistas. Y así le ha ido.

Mientras los ciudadanos reclaman, casi imploran, la unidad de los partidos que se dicen de izquierda para hacer frente entre todos a los grandes desafíos que la sociedad tiene planteados, sus dirigentes se dedican otra vez a dirigirse reproches y descalificaciones que sólo pueden generar desánimo y llevan a la fragmentación del voto y finalmente a la impotencia.

Hay quienes, aburridos de tan estériles peleas, optan por quedarse en casa en vez de molestarse en emitir su voto; otros se abstienen por pureza ideológica en el convencimiento de que todo lo que se haga no dejan de ser simples parches pues el sistema, argumentan, no tiene arreglo. Y mientras tanto quienes sí tienen claros sus intereses se frotan las manos.

En las últimas elecciones municipales, los ciudadanos expresaron claramente su deseo de un profundo cambio, de que se acabe de una vez con tanta corrupción en los partidos, en las instituciones y organismos del Estado, de que se comience a gobernar con mayor transparencia y se corrija el crecimiento incesante de las desigualdades, entre muchas otras cosas.

Y no puede haber duda de que algo se ha logrado desde entonces: sobre todo en lo que más preocupaba a la ciudadanía como era frenar la proliferación de esos desahucios que dejan en la calle a familias enteras que están sin trabajo o que pertenecen a esa nueva categoría que no deja de crecer por culpa de las mal llamadas « reformas» laborales: los «trabajadores pobres», es decir quienes, trabajando y cobrando un sueldo, no llegan a fin de mes.

Y, sin embargo, en algunas ciudades, esa nueva izquierda se ha dedicado a una absurda política de gestos que se podían perfectamente haber ahorrado, pues sólo ha servido para provocar de modo innecesario a muchos ciudadanos y servir de comidilla a las tertulias, en lugar de centrarse en lo que realmente importa: la profundización de nuestra más que imperfecta democracia.

Porque hay tareas relacionadas con las luchas seculares de la izquierda como pueden ser la defensa de los derechos humanos y los igualmente importantes derechos sociales, la emancipación o la solidaridad, que van a requerir a partir de ahora todo su esfuerzo.

La izquierda no puede perder más el tiempo ni desgastarse en luchas personalistas ni en peleas tan perfectamente aplazables como es la retirada de algún busto en la calle o de un retrato en un despacho oficial por mucho que a algunos puedan molestarles.

¿Hasta cuándo, habrá que decirles a esos partidos, parafraseando al clásico, abusaréis de nuestra paciencia?

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