Sol y sombra

Viejos temblores, emociones que se diluyen

09.10.2015 | 05:00

Cuando el lector conoce a la protagonista de La ley del menor, la última novela de Ian McEwan, Fiona Maye no está viviendo precisamente el mejor de sus días. Su carrera como juez de familia prospera sin problemas: tiene 59 años, la edad de Salomón, y sus decisiones son celebradas por los colegas. «Divina distancia, comprensión diabólica y una belleza que no se desvanece», se escucha decir de ella. Sin embargo, las cosas en casa no marchan tan bien. Su marido, un profesor de historia más interesado en explorar el futuro que en mantener viva la llama del pasado, le anuncia que está dispuesto a emprender una aventura con una mujer más joven y que esa será la última oportunidad para cumplir sus sueños sexuales. Manteniendo de fondo el drama personal, McEwan nos hace espectadores de un sistema jurídico con peluca y de un dilema ético. Maye tiene que presidir una reunión de emergencia para determinar si dos testigos de Jehová pueden prohibirle a un hospital la transfusión de sangre que la salud de su hijo demanda para ser tratado de leucemia. El asunto se complica porque el chico, que en pocos meses será mayor de edad, acepta las creencias religiosas de sus padres y se resigna a morir. Apenas hay rodeos innecesarios en La Ley del menor y la lectura resulta tan económica como fácil. McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) no se entretiene en los diálogos y hace de la paráfrasis un arte. El tono ligero ensayístico no debe confundirse, en cualquier caso, con la endeblez de la trama. Por el medio del camino sembrado de conflictos que marcan la justicia y la fe, discurren los sentimientos y una historia triste y cautivadora. Tras una visita al enfermo, llega la confirmación de que Fiona Maye, alejada de la equidistancia que todos le atribuyen, apoyará la decisión del hospital en contra de los derechos del menor y el deseo de sus padres extremistas religiosos. Adam, el adolescente, convence a la juez de que su determinación no es producto de la inmadurez, sin embargo también le transmite su amor por la vida, la música y la poesía. Esto último inclina la balanza. Adam Henry seduce al lector igual que a la juez que decide sobre la transfusión, a las enfermeras y a cualquier persona que lo conoce. Es un ser encantador y misterioso, aparentemente firme en sus argumentos, brillante en sus consideraciones, el único problema está en que no aparece en la novela hasta la mitad rompiendo así con los plazos de la ficción. Una vez que lo hace, sube el voltaje y la historia empieza a funcionar. La pregunta de por qué McEwan no ha tirado más de él es una de las incógnitas que permanecen suspendidas en el aire. Como La ley del menor se mueve entre la razón, los sentimientos y la iluminación, todavía hay margen en sus poco más de doscientas páginas para una nueva vuelta de tuerca: la apostasía, el amor imposible y el final trágico que nos devuelve al temblor del pasado, algo que se encuentra dentro de las obsesiones del escritor británico. No hay que olvidar la acusación devastadora en Expiación o la violencia perversa que emerge en El placer del viajero. Los menores siempre han jugado, además, un papel importante en las ficciones de McEwan al que algunos reprochan el exceso de manipulación narrativa. Esta novela no es una excepción. Hay también un tiempo para las honras literarias. Si en el inicio del relato se encuentra el edificio de tres pisos inabarcable de la justicia inglesa que Dickens describió en Casa desolada, al final es Joyce quien resulta homenajeado en aquel pasaje de su relato Los muertos cuando la esposa revela al marido que el amor de su vida era el niño que se mató en un arrebato de pasión siendo ella todavía muy joven. No es la misma nieve de Dublín la que cae sobre los protagonistas de La ley del menor, Fiona y su marido que se escabulle de la aventura amorosa para regresar a casa, pero sí la forma de diluir las emociones en el momento en que hay que seguir adelante.

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