Las cuentas de la vida

Sin Filosofía

14.10.2015 | 02:00

Leo en la prensa que la asignatura de Filosofía en bachillerato va a ser marginal el próximo curso. Hace un mes la noticia era que las universidades japonesas pretenden suprimir las carreras humanísticas en beneficio de las científicas. Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución, propuso algo similar hace tiempo. El expolítico catalán no quería cerrar ninguna facultad, pero sí ajustar la oferta académica al mercado laboral con el objetivo de evitar las consecuentes frustraciones profesionales. La economía rige a todos los niveles. ¿Cómo se mide el valor de la Historia, de la Filosofía, de la Literatura? Resulta difícil saberlo. El prestigio de la ciencia es indiscutible. Los gobiernos piden más ingenieros, programadores, matemáticos, físicos y químicos. La selección del mejor alumnado se realiza a favor de las ciencias. Año tras año, del bachillerato prácticamente han ido desapareciendo el Griego, el Latín y ahora la Filosofía. Se enseña una Literatura absurda, dividida por escuelas nacionales, en lugar de una sola, universal, centrada en la lectura y el comentario de los grandes autores. Se imparte a su vez una Historia de tintes míticos, con un sesgo claramente ideológico, inútil, inservible. Y se obvia el estudio de las fuentes, la investigación, el debate y la argumentación. La ruptura sucede al nivel de la tradición. Si la lectura de los clásicos otorga una determinada textura al pensamiento, la falta de buenos libros da paso a un tipo de pensamiento débil, desprovisto de anticuerpos. A menudo, los alumnos terminan la universidad incapaces de escribir con un mínimo de corrección o de hablar en público con soltura. Se vuelven autorreferenciales en el peor sentido de la palabra, eso es, sin referencias. El suelo virgen de la ignorancia nos convierte en ciudadanos volátiles. La democracia se resiente en seguida.

No debemos, sin embargo, mitificar el pasado. La novela decimonónica fue la gran construcción burguesa, pero en todo caso aquí llegó tarde y mal. Nuestra tradición ilustrada ha sido pobre y postiza, como de segunda mano. Si pienso en los lejanos ochenta, cuando estudié BUP y COU, la situación distaba de ser ideal. Sin internet ni bibliotecas públicas de calidad, el acceso a la información rozaba lo inexistente. El estudio de la Filosofía, por ejemplo, resultaba de una ridiculez pasmosa: una serie de tópicos mejor o peor pergeñados que se limitaban a ir destruyendo al autor precedente. Nunca aprendimos la importancia del matiz, que constituye la base del pensamiento, ni la profunda vinculación entre las distintas capas culturales. Si ahora el paradigma es la creatividad, entonces se idolatraba a la memoria: una memorización vacía, hueca, sin sustancia alguna. ¿Terminabas el bachillerato tal como habías entrado? No tanto, desde luego, pero sospecho que los beneficios que se obtenían en aquellos años eran marginales, consecuencia sobre todo de la maduración neuronal y de un ambiente de estudio competitivo. Seguramente seguirá siendo así.

Lo cual me lleva de nuevo al menosprecio de las Humanidades en nuestros días. El pasado nos interesa como exotismo museístico o como arma ideológica, pero no como maestro de vida. Poco valor se le da a lo embalsamado, aunque conozcamos la fascinación de nuestra época por lo mítico. Al igual que ha sucedido con las religiones, quizás el futuro de la cultura se encierre en el ámbito privado de la intimidad. Leeremos y aprenderemos en casa, sin guías y sin otro criterio que la curiosidad. De hecho, así lo hicimos casi todos en la década de los ochenta o de los noventa, por referirme a la generación que conozco. La ausencia de una tradición sólida, asentada, es fatal y quizás de esa carencia se derive también el prestigio monopolístico de la ciencia. Se enfrentan una visión del rigor con otra que gira alrededor de cualquier moda. Y creo que en ningún lugar esta precariedad resulta más evidente que en la sucesión de corrientes pedagógicas que aflige a nuestro país desde hace decenios. Si intento ser justo conmigo mismo, no recuerdo haber aprendido nada de interés en el colegio. Una escuela que no suscite pasiones es una escuela fracasada. Y la pasión sólo puede nacer de la propaganda, del mimetismo social o de la dificultad. De estas tres posibilidades, la única provechosa es la tercera.

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