Entre el sol y la sal

From lost to the river

El desconocimiento del lenguaje puede servirte de coartada para hacer lo que te venga en gana como el ministro Soria

14.10.2015 | 02:00

Qué importantes son los idiomas. De pequeños nos metieron en la cabeza que para triunfar en la vida debíamos aprender otras lenguas para engordar el curriculum y que nuestro éxito no conociera fronteras. Dependiendo de la edad del lector este poliglota y ansiado aprendizaje viene ocurriendo con el francés, el inglés, después el alemán y más recientemente con el ruso o el mandarín, porque si aprendes idiomas puedes evitar ridículos como el de Ana Botella con su famoso «relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor», el de las hijas de Zapatero cuando fueron a la Casa Blanca pensando que era Halloween, o como el del malogrado Jesús Gil y su inolvidable «i am white, no problem». Aunque el sumun del lapsus linguae lo he visto hace poco en la visita del Papa a Cuba. Ayer me enviaron al teléfono una imagen en la que se ve al Santo Padre montado en el papamóvil rodeado de una nutrida marabunta de personas con pancartas y en una de ellas puede leerse: WELCOME POTATO. Ahí está, quién dijo miedo. Por lo visto Bienvenido Papa se traduce como Welcome Potato.

Una cosa esta clara, es tan importante el cómo como el qué, y ahí tenemos de ejemplo a Artur Mas, alguien que aún hablando cinco idiomas no consigue hacer entender lo de la independencia en ningún país europeo. Será porque domina todas las lenguas menos la suya.

Y es que conseguir dominar un idioma te abre muchas puertas. Si por ejemplo aprendieras japonés podrías viajar al país nipón y trabajar de ikemeso, el último invento laboral que se ha convertido en todo un éxito empresarial. Se trata de alquilar hombres para que las mujeres puedan llorar a gusto contándole sus sentimientos por 55 euros la hora. Si, como han leído. No me pregunten por qué pero curiosamente son los propios maridos los que pagan encantados para que sean otros los que aguanten el lastimero desahogo.

Pero no todo va a ser depender de los idiomas, y si no que se lo digan a Luis Miguel Dominguín por aquello de las banderillas que le clavó a Sinatra con sólo enseñarle la taleguilla a Ava Gardner (Oh my God, Oh my God).

También es cierto que el desconocimiento del lenguaje puede servirte de coartada para hacer lo que te venga en gana como el ministro Soria, quien desoyendo las órdenes de Europa acaba de gravar con impuestos al sol encareciendo el autoconsumo eléctrico. Pero no crean los malpensados que el ministro lo hace para asegurarse un puesto en alguna empresa energética, sino que en realidad lo que pasa es que le mandan las directivas en inglés y el pobre hombre pues no se entera. Por su edad le tocaría la época del francés y en ese momento no tendría a mano un traductor angloparlante.

Esto de los traductores me recuerda una anécdota de Al Capone. Por lo visto el mafioso tenía un contable sordomudo para que no pudiera compartir sus secretos con cualquiera y por lo visto alguien chivó al capo di tutti capi que el asesor le había robado un millón de dólares. Ni corto ni perezoso Capone buscó un intérprete de signos, arrodilló al contable ladrón y le preguntó por el dinero pero no hubo respuesta. Preguntó de nuevo pero esta vez le encañonó en la sien y el sordomudo no paró de gesticular mientras el intérprete asentía entendiendo cada gesto. El gánster se volvió al traductor de signos exigiendo que le contara todo lo que había dicho el contable, y éste le contestó: Señor Capone, ha dicho que si tiene cojones que le pegue dos tiros. Capone disparó y dio el dinero por perdido. Moraleja, ahora sólo el intérprete sabía dónde estaba el millón de dólares.

En mi caso lo de los idiomas fue mucho más fácil. En el colegio me daban a elegir entre inglés o judo, y como uno pensaba que lo suyo era que el resto del mundo aprendiera español para hablar conmigo pues escogí el arte marcial. No hubo segundo golpe, justo después de la primera patada que me dieron en la entrepierna ya estaba yo sentado en el pupitre hasta las cejas de Reflex y recitando canciones de los Beatles. Gracias a aquello tengo un nivel perfecto de inglés, nativo que le llaman, y éxito lo que se llama éxito no sé si he alcanzado, pero en los karaokes clavo todas las de Michael Jackson. A las pruebas me remito: cachucachu woki, cachucachu woki, cachu woki eni.
By the face.

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