El Palique

Pequeño viaje en el tiempo

El reloj me atrasaba veinticinco minutos. Era tiempo que había ganado. Decidí emplearlo, pero pensando se me iba el tiempo. Me quité el reloj entonces

16.10.2015 | 02:30

El otro día en el ascensor un vecino me dijo que me encontraba más joven. Consulté el reloj y verifiqué que, en efecto, lo llevaba veinticinco minutos atrasado. Me miré al espejo y me vi menos canas de la cuenta. Llegué a casa, volví a mirarme al espejo. La camisa era veinticinco minutos más nueva, los zapatos no llevaban la ominosa mancha que me eché veinticinco minutos atrás y en mi barba había menos canas. Veinticinco menos. Estaba claro que había ganado veinticinco minutos. Alcé los puños y di dos botes. Es lo que hace todo el mundo cuando gana algo. O al menos eso hacen en las películas. Pero una vez estaba al lado de un compañero al que le comunicaban que le habían dado un premio y lo único que hizo fue estornudar. Se lo recriminé y volvió a estornudar. Se lo recriminó el jefe y como dio un tercer estornudo lo mandaron a casa con la baja. Cogió una depresión de rinoceronte y se arruinó la carrera. Finalmente casó con una otorrina. Con el bote, el alzar de brazos y las elucubraciones se me habían ido tres minutos. Llamé a mi hijo a comunicarle la buena nueva: hijo, soy más joven, podremos jugar al fútbol de igual a igual. En eso perdí dos minutos y además bien perdidos: mi hijo no tiene teléfono móvil y aún ni habla. Ahora era sólo veinte minutos más joven. El tiempo que se tarda... ¿en qué?.. Grité por la ventana, pero me mandó callar el vecino que siempre pone a Bob Marley a las cuatro de la mañana. Eso también me hace parecer más joven. Es oírlo y ponerme a pegar saltos sobre la cama. Son de cabreo, pero mi vecino ve por la ventana los sobresaltos y cree que bailo y sube el volumen. Doy espasmos y lo sube más aún.

Me quité el reloj. Envejeció la camisa de nuevo, afloraron veinte canas, la mancha ominosa era ominosilla nada más, pero ya era. Me lo puse. De nuevo canas desaparecidas. En esto se me fueron al menos cinco minutos. No sabía si quería vivir en el pasado, un cuarto de hora atrasado, o vivir en el presente. No sabía por tanto si llevar reloj o no. No me atreví a mirarlo. Consulté el reloj de pared. Pillé al minutero moviéndose. Dudaba qué hacer con mi tiempo y decidí marcharme a la calle. Pero para eso tenía que tomar de nuevo el elevador, que esta vez iba a descenderme al portal. Te has olvidado el reloj, deberías llevarlo, me dijo un vecino que siempre se fija en todo salvo en las arrugas de su camisa. No, le dije, me he olvidado del tiempo. Exactamente, de veinticinco minutos. Se quedó algo confuso y consultó su reloj. Iba muy adelantado. Tenía como manchas de alquitrán y la marca de un parachoques en una pierna.

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