Cien líneas

Una Constitución de quita y pon

19.10.2015 | 05:00

Íñigo Urkullu, presidente del Gobierno vasco –o lehendakari, por decirlo en los términos que sin duda prefiere– ha inventado el constitucionalismo anticonstitucional y/o viceversa. O las dos cosas al tiempo. Retuerce la lógica más elemental siempre en función de sus intereses.

No quiere que cambie el régimen por el que se rige la hacienda vasca. El concierto. El cupo. Y para tal se ampara en que está protegido por la Constitución.

Pero como quiere la independencia, o al menos que el País Vasco sea considerado como una nación, milita en el bando de quienes proponen la reforma de la Constitución. O su ruina.

Recientemente ha dicho que «es posible» la reforma del Estatuto de Gernika «sin atender a la reforma de la Constitución» porque el articulado de Estatuto vasco contempla los propios mecanismos para su modificación y no establece como «condición previa» un cambio en la Carta Magna. Vamos, el camino de la híper autonomía pero, ojo, sin cambiar el marco general, la Constitución, porque en una de esas vuelan los privilegios económicos.

La verdad es que el modelo vasco –y el navarro– es inaceptable. Hunde sus raíces en el Antiguo Régimen por no decir que maneja conceptos medievales. Bueno, bien visto se apoya en las ventajas que el franquismo dio a los territorios euskaldunes que se sumaron al golpe de Estado del 18 de julio de 1936. En la transición se generalizó a todo el espacio por encima del Ebro.

El sistema está recibiendo críticas. Destaca en esas denuncias, sin duda acertadas y justas, el presidente del Principado Javier Fernández. Quizá por no hacer sangre cuestiona más el cálculo que el marco. Algo es algo. La verdad es que se trata de una cuestión de concepto no solo instrumental así que se puede y de debe negar la mayor, la menor y lo que sea.

La doblez de Urkullu, y con él la del PNV en su conjunto, recuerda, por volver a la historia, el pacto de Santoña de agosto de 1937, cuando los gudaris se rindieron a los soldados de Mussolini, con el Vaticano de mediador y dejaron colgada a la pobre República.

El nacionalismo es unidireccional y si le conviene es capaz de proclamar que dos más dos suman veinte. Vale la Constitución para proteger el cupo y no vale para proclamar la independencia. La banca siempre gana.

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