Tribuna

Hernán Cortés y nosotros

La crónica de la conquista de México realizada por Bernal Díaz del Castillo

22.10.2015 | 05:00

La magnífica serie televisiva sobre Carlos Primero me anima a volver a la Historia verdadera de la conquista de La Nueva España, una minuciosa, precisa y preciosa crónica de la conquista de México realizada por uno de los soldados de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, muchos años después, a sus setenta y tres años de edad. Si el lector me lo permite, compartiré con él algunos datos y reflexiones sobre los primeros momentos de la conquista.

Desde el punto de vista literario, la obra es una maravilla por la precisión de su escritura, por su detallismo, por el orden en la composición de las escenas; aunque conviene leerla en sesiones cortas para evitar que nos canse lo exhaustivo de sus datos.

Destaca, cómo no, el personaje de Hernán Cortés: su voluntad de atropellar el derecho, enfrentándose a su superior, el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y a los hombres –ahora en batalla– que envía para prenderlo; su decisión, en el episodio tan conocido de la inutilización de los barcos; su negativa a volver a territorio seguro cuando miles de nativos amenazan con exterminar a los pocos cientos –agotados, heridos en su mayoría– que ellos son. Pero sobre todo, su capacidad para combinar violencia y apaciguamiento con los enemigos, su astucia para aprovecharse de la credulidad de los indios, haciendo, por ejemplo, pasar por un teule (dios) al más feo, viejo, malherido de los suyos, un tal Heredia el Viejo. Y anota el cronista: «Y esto pongo aquí por cosa de risa, porque vean las mañas que tenía Cortés». Que no era menor la de enterrar los cuerpos de los muertos a gran profundidad, para que no oliesen, y durante un tiempo los indígenas siguiesen pensando que eran dioses inmortales.

Un personaje absolutamente sorprendente es doña Marina o la Malinche, una mujer que, junto a otras diecinueve, fue entregada como esclava a los españoles en 1519. De una inteligencia y disposición extraordinaria («de buen parescer y entremetida y desenvuelta»), se convierte en la amante de Cortés, de quien tiene un hijo, Martín Cortés, y en su consejera, traductora (aprende en pocos meses el castellano) y astuta negociadora (comenzaba sus discursos con un «estos dioses dicen», sabiendo que no era cierto, pero conociendo que los oyentes lo creían o temían). ¿Por qué, por cierto, no constituye un emblema del feminismo? Porque no hay duda de que su inteligencia y voluntad la hacen elevarse muy por encima del papel de la mujer (la india y la española) en la época.

Dos personajes destacan por su ser y su contraste en esos primeros momentos, dos españoles que permanecían prisioneros desde hacía tiempo y a los que los de Cortés ponen en disposición de liberarse. Uno de ellos lo hace, Jerónimo Aguilar, que se convierte, junto con doña Marina, en uno de los principales «lenguas» (intérpretes) de la expedición. El otro, Gonzalo Guerrero, se ha ya naturalizado indio y se niega. Tiene mujer y tres hijos, labrada la cara y horadadas las orejas. «¿Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera?» –dice desde el punto de vista del decoro–. Y añade, ahora desde la emoción amorosa, «E ya veis estos mis hijicos cuán bonitos son. Por vida vuestra, que me deis desas cuentas verdes que traéis para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra».

Pero quizás lo que más destaca es la naturalidad de la violencia –un concepto que quizás ni españoles ni indios hubiesen construido con el significado y connotaciones que hoy insertamos en la palabra–. Y no hablamos ya de la guerra, donde las expresiones del lacerar de las lanzas, las flechas o las espadas son en todo semejantes a las de la Ilíada. No, sino de su uso como instrumento de aviso, castigo o dominio. Cortés, al descubrir la traición de algunos de los suyos, que quieren volver a Cuba, ahorca a unos, azota a otros, corta los pies a algunos, aunque, astutamente, perdona a los que tiene por más débiles. O, como aviso, suelta a dos espías del jefe guerrero Xincotenga –los que confiesan las insidias que preparaban en cierto lugar– y a los otros, diecisiete, los envía con las manos o los pulgares cortados, como aviso de lo que les esperaba a todos, espías y guerreros contrarios. O las reiteradas veces en que se nos cuenta que alivian los cauterios de las heridas (de hombres y de caballos) sacando el unto de los indios y aplicándolo disuelto como aceite.

Pero no crean ustedes que la violencia es solo la castellana (o española). Es mayor la de los indios: por lo general, matan a todos los prisioneros, hombres, mujeres, niños, pero no de cualquier manera: sacrificándolos vivos y sacándoles el corazón para ello, y después los devoran. En algunas ocasiones, los capturados prolongan su vida. Si no están suficientemente grasos los encerraban –como al Hänsel de los Grimm– en una jaula hasta que engordasen. Como dice Bernal al final de su narración y de su larga vida, recordando a sus compañeros, «que todos los demás murieron en las guerras ya por mi dichas en poder de los indios, y fueron sacrificados a los ídolos, y los demás murieron de sus muertes, y los sepulcros que me pregunta dónde los tienen, digo que son los vientres de los indios, y allí están sus blasones».

Una buena ocasión para meditar sobre esa fantasía de «los derechos inherentes al hombre» y sobre esa construcción política del siglo XVIII que son «los derechos humanos».

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