La Mirilla

Soy personista

22.10.2015 | 05:00

Escribo este artículo a sabiendas de que me van a criticar. De que, pese a que creo firmemente en lo que voy a exponer, muchos me tacharán de inhumana. Bueno, de inhumana no.

Muchos se confiesan animalistas. Yo ayer me dí cuenta de que soy 'personista'. Es decir, firme defensora de la raza humana, de las personas. Se preguntarán a qué viene esta especie de perorata por la que muchos ya se habrían levantado de sus asientos de ser un acto público. Soy 'personista' porque creo que el mayor bien que posee este mundo son las personas. También la naturaleza: sus plantas, animales y todo aquel ser vivo que se precie. Pero por encima de estos últimos, están las personas. Ayer estuve a punto de ser multada por la Ley Mordaza –esa que espero que quite quien gobierne a partir del 20 de diciembre–. Estuve a punto de haber perdido las formas, cosas que no pasó porque ya soy perra vieja –perdonen la expresión, pero viene al pelo–. Echando gasolina observé a un grupo de unas seis personas mirando para abajo cerca de un carril bici. A su lado, una patrulla de la Policía. Decidí acercarme, en mi condición curiosa y de contadora de noticias para saber qué había ocurrido. Me identifiqué y le pregunté a uno de los agentes que qué había pasado. «Un perro abandonado», dijo con cara de pocos amigos. «Ahh», contesté no menos somera yo. «¿Ahh?», me dijo. «Creía que habían atropellado a un ciclista», le dije respondiendo a mi preocupación inicial. «A mí me da más pena un perro abandonado», me espetó. Me hubiera gustado añadir a mi cara de incredulidad y cabreo algo más, pero no me atreví. No me fuese a salir cara la contestación.

Me fui barruntando y preguntándome si estas personas se hubieran puesto alrededor de uno de los cientos de mendigos de la ciudad acompañados por la preocupación de una patrulla policial. Me respondí a mí misma que no.

Y eso me hizo volver a cuestionarme a dónde hemos llegado, a dónde vamos. ¿Cuándo dejó el ser humano de ser menos importante que un animal? ¿Cuando se convirtió en más importante protestar por el sacrificio de un perro o, incluso, hacer una concentración in memoriam, y no hacerlo por aquellos misioneros que murieron por ébola por ayudar a quiénes más lo necesitaban? Estoy desengañada de este mundo, de las personas, a las que defiendo como personista.

Y no, no se confundan los animalistas. Adoro a los animales. He cuidado a muchos de ellos, llorado a muchos otros. He regalado apadrinamientos de asnos por cumpleaños y, una vez, arrebaté un cachorro a su dueño segundos antes de que lo matara. A pesar de eso, de que la raza humana también me decepcione, seguiré siendo personista.

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