Málaga de un vistazo

Cuando las palabras marcan

23.10.2015 | 05:00

Cuando yo era niña, allá por la década de los cincuenta del siglo pasado, mis profesores me definían como: «Una niña callada, estudiosa y muy madura». Yo hubiera preferido que me definieran como «una niña lista», pero eso lo dejaban para cuando hablaban de mis mejores amigas: Mª Nieves o Conchita, que, además de ser bonitas y buenas chicas eran hijas de profesores. Nunca supieron de mi dolor pero, como el Señor es justo, hace unos meses nos reunimos las tres y me dijeron que ellas siempre me habían envidiado porque sus padres, tanto los de una como los de la otra, se enorgullecían de haber contribuido a que yo fuera hoy una persona con varias carreras, buena ama de casa, sensata y educada. ¡Qué disgusto! Con lo feliz que me habría sentido con que sólo me hubieran considerado lista. Pero, como decía mi padrino: «Todo lo que nos ocurre en los primeros años de nuestras vidas nos marca para siempre». Pues divino de la muerte, oiga.

Es para padecer de los nervios: llevamos una semana que las puertas de las cárceles de nuestra piel de toro no dejan de dar vueltas haciendo pasar a su interior a toda clase de seres humanos con caché propio. Lo peor es que nos da por pensar si habrá huecos para todos los descarriados o similares. Seamos buenos, hagamos la vista gorda porque esas criaturitas casi descarriadas no paran de cantar como Concha Piquer: «Tener para mi caridad, tener para mi compasión que yo tengo un corazón que no se quiere enterar» o lo que es lo mismo: «Echad la tranca que las moscas sacan ya los tiques en la garita de entrada para poder ocupar su lugar en las letrinas». Sí, amigos, la vida se está poniendo difícil incluso para los honrados porque, créanme, algunos quedan, me lo ha dicho una amiga, y yo no soy nadie para contradecirla.

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