Tierra de nadie

Homo antecesor

27.10.2015 | 05:00

Amancio Ortega, que es a ratos el hombre más rico del mundo, ha hecho su fortuna vendiendo ropa. ¿Quién habría podido imaginar en la Prehistoria que el negocio del futuro estaba ahí? Ni en el pedernal ni en las hamburguesas ni en las cerbatanas. En la ropa. Como no tengo nada que hacer, imagino que soy capaz de aparecerme a un homo sapiens y que se lo adelanto:

–Si quieres hacerte rico, dedícate a la confección.

¿Qué me diría él?

–Te preguntaría que qué es eso de hacerse rico, idiota.

Es cierto, la riqueza debe de ser una cosa relativamente moderna, lo mismo que la confección. Hace poco abrieron en la Gran Vía de Madrid una tienda de ropa y las colas daban la vuelta a la manzana. Se convirtió en una noticia de alcance nacional. Daba la impresión de que se acababa de inventar la indumentaria barata. Primark, que tal es el nombre del establecimiento, viene de Irlanda, pero fabrica sus productos en la India o por ahí. Es una de las marcas que ocupaban el Rana Plaza de Bangladés cuando se derrumbó matando a más de mil semiesclavos e hiriendo a otros dos mil quinientos. Vete a contarle esto a un neandertal. Los neandertales eran muy sensibles, más que los sapiens, quizá lo habrían entendido. A lo mejor se les apareció alguien revelándoles que el futuro estaba en la confección low cost y decidieron exterminarse ipso facto, que significa por el mismo hecho.

Estuve en la Gran Vía, entré en Primark y juro que era, formalmente hablando, como penetrar en un templo. Lo difícil era encontrar a Dios. En cambio, había ángeles por todas partes. Los ángeles eran las empleadas que por 700 euros al mes te atendían con una dedicación que ningún ser humano se merece. Salí francamente impresionado, pensando en la Prehistoria. Siempre pienso en la Prehistoria cuando no entiendo el presente. Luego, ya en el metro, de vuelta a casa, imaginé que yo mismo era un homo antecesor al que se le aparecía una cajera de Primark del año 2015 para explicarle su trabajo de tantas horas a la semana a tanto la hora. En el supuesto de que hubiera logrado entenderla, ¿qué habría hecho? Lo tengo claro: dejarme devorar dulcemente por un oso. Ipso facto, o sea, por el hecho en sí.

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