360 grados

Palomares

28.10.2015 | 01:15

El famoso baño en aguas de Palomares del ministro de Información y Turismo de Franco, Manuel Fraga, y el embajador de EEUU en España, Angier Biddle Duke, forma ya parte de la iconografía de la manipulación y mentira de la dictadura franquista.

El 17 de enero de 1966 se estrellaron en el cielo almeriense dos aviones de EEUU, lo que provocó la caída de cuatro bombas nucleares: una fue recuperada del mar con ayuda de un pescador y dos liberaron plutonio radiactivo, que contaminó las tierras de esa localidad andaluza.
Ha llovido mucho incluso en Andalucía desde que el régimen de Franco se dedicó a una maniobra de ocultamiento de la gravedad de aquel accidente nuclear, y sólo ahora se aviene nuestro gran aliado a admitir su responsabilidad en lo sucedido y a recoger y trasladar a su país la tierra que ha permanecido todo ese tiempo contaminada.

¿Se imaginan ustedes que un país que se respetase a sí mismo como nuestra vecina Francia hubiese permitido que transcurriera medio siglo con esos residuos radiactivos en su territorio en lugar de exigir su inmediata retirada y el pago de indemnizaciones?

Resulta casi bochornoso ver la foto del otro día en el madrileño palacio de Santa Cruz en la que el secretario de Estado norteamericano y nuestro ministro de Exteriores aparecen sonrientes firmando una declaración de intenciones sobre Palomares.

Una declaración que, según nuestro jefe de la diplomacia, va a reparar lo que califica eufemísticamente de «un error cometido hace cincuenta años», y que para colmo no precisa nada: ni medidas concretas, ni plazos, ni indemnizaciones.

Todos son «parole, parole», como en la famosa canción de Mina y Alberto Lupo. Se habla en el documento de «negociar tan pronto como sea posible un acuerdo para determinar, las actividades, funciones y responsabilidades precisas de ambos participantes para ejecutar el proyecto de rehabilitación y depósito».

¿Cuál es la responsabilidad, no sólo de Estados Unidos, causante del accidente, sino también de la dictadura, que permitió el estacionamiento de armamento nuclear en nuestro territorio, y de los sucesivos gobiernos de la democracia que han permitido que esas tierras contaminadas continuaran allí?

Y ahora, como en la película de Berlanga Bienvenido míster Marshall, los vecinos de Palomares «esperan un efecto positivo» del acuerdo y, sin acabar de creérselo del todo, confían, en palabras del alcalde, en que pueda «crearse un museo de la bomba o algo así» para que «venga la gente a visitarlo» y se «ponga fin a un tema que ha sido negativo para esta zona».

Mientras tanto y para demostrar el «excelente estado» de las relaciones bilaterales, como lo califican las crónicas, el ministro de Exteriores regaló a su visitante una elegante guitarra española, que Kerry hizo ademán de tocar.

Entiendo la profunda irritación que en algunos, entre ellos mi colega Miguel Ángel Aguilar, producen siempre las noticias sobre los acuerdos de defensa que firma nuestro país con unos Estados Unidos que parecen tratarnos a veces como si fuéramos El Salvador o Guatemala, con perdón de ambos países.

Por ejemplo, en el caso de los últimos acuerdos, los relativos a las bases de Morón y Rota, parece como si a España lo único que le interesara es cuántos puestos de trabajo van a crear para la economía local – por cierto que muchos menos que los que siempre se prometen– sin que parezcan importarles ni a nuestro gobierno ni a nuestros parlamentarios otras consideraciones que serían propias de un país soberano.

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